Algo. Aún no sé qué.
Entre tanto, escrutando oscuridad.
"¿Quién habla de victorias?" (RILKE). Pues aquí estamos para eso.
Obligaciones que no se pueden soslayar me obligan a ausentarme de esta casa durante aproximadamente un mes. En esta ocasión, pues, les dejaré solos más tiempo del acostumbrado. Ya saben que pueden merodear por los aposentos a su antojo, mover los muebles, servirse té y naranjas, trepar hasta el desván y despertar a las arañas o aguardar desde los miradores al sol que desnuda el horizonte.
Yo no puedo darte más. Salinas lo decía. No soy más que lo que soy. Un pronombre solitario que te tiembla con mesura en la linde de la boca. Algo de carne, hemoglobina. El horizonte trabajado por tu vista cuando quieres soñar que estoy al otro lado que eres tú. Después desaparezco en tu falda, en tus tacones, en el cepillo que te acaricia dulcemente el pelo, en tu olor, en la blusa que te pones al abandonar la habitación, al dejar este espacio en el que soy no más que sólo esto, pero esto que te basta mientras tu ropa aguarda, con soltura, que le llegue el turno de ser yo. Y siempre llega ese momento y te quedas sin quedarte entre mis manos y todo vuelve al comienzo y al final, a la hora en que me llamas y me dices lo que me tienes que decir, y cuanto soy es entonces suficiente. Yo no puedo darte más. No soy más que lo que soy. Salvo ese instante único en que somos y nos damos un poema. Este poema. Tú y yo.
Las estaciones, los aeropuertos. Lugares donde se aprende la insignificancia, donde lo efímero porta leontina, donde se gestan las grandes tragedias, donde la dicha siempre vuelve el rostro y agita la mano levemente. La estación, el aeropuerto, son la cadencia de un abrigo por la espalda, una película de tintes algo ajados. Esa hermosa fragancia del sepia.