Mostrando entradas con la etiqueta Victorias. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Victorias. Mostrar todas las entradas

domingo, 26 de diciembre de 2010

MÁS AMIGOS DE ANA

La presentación generosa que me hizo Emilio Pascual.

Una rosa es una rosa, y él lo sabe, y por qué.

Lleva por título La propia habitación; lo firma Ana Rodríguez de la Robla. Nada más abrir la puerta de esta habitación, oyes un endecasílabo: La dignidad conoce extrañas sendas. La literatura también, podríamos añadir a renglón seguido.
Desde Borges sabemos que el mapa ideal es un mapa imposible, es decir, el dibujado a escala 1/1. Tras haber leído este libro, y cuando supe que debía presentarlo, mi primera tentación fue el mapa de Borges. Supuse que la presentación ideal sería una que empezara «La dignidad conoce extrañas sendas», seguir con la excelente memoria de Sancho por «no sé qué de salud y de enfermedad que le enviaba», y por aquí ir discurriendo, hasta acabar, si no en «Vuestro hasta la muerte, el Caballero de la Triste Figura», en «Versos de desecho para un réquiem de sombras. Jirones de memoria que renacen a un diario para morir al fin en paz en los ojos de un lector. O tal vez no».
No, tal vez no. Una presentación así, si precisa como descripción, sería excesiva para mapa.
En la casa celeste hay muchas moradas, dijo Jesús de Nazaret. Esta tiene 61; o, si el título exige que solo sea una, será una exposición de 61 cuadros: los títulos orientan o provocan: 9 son victorias, 11 notas a pie, 10 interiores, 13 visitaciones, 9 desperdicios que no lo tienen, y otros 9 espejismos.
Visitaciones, notas, espejismos, victorias, desperdicios, interiores… Parecen estampas de un género híbrido, y son caras distintas de un rico poliedro. Todo el mundo recuerda la anécdota o leyenda de aquellos cuatro visitadores de una pirámide: la describieron sucesivamente como azul, amarilla, blanca y roja: ninguno había tenido la precaución de rodearla para comprobar que cada cara era de un color. Este libro es como aquella pirámide cromática: cada cara quizá es un microcosmos, pero forma parte del vasto mundo de la complejidad. Tan sencillo como un átomo apenas divisible, y tan complejo como el poliedro que los contiene todos.
Empezamos a recorrer la galería. (No salto las victorias, lo verán). Llegamos a las notas a pie. A pie, porque sugieren el destino inferior de alguna página; a pie, porque es preciso llegar a ellas despacio y con sosiego. Y aquí, saltamos de una máscara a otra máscara: de una máscara veneciana al color de las rosas en la oscuridad, para advertir que, cuando la luz se apaga, se nos caen las máscaras del día; o de la reflexión sobre Turandot y el destino de la palabra pasamos al cáncer de garganta de Puccini que no le permitía articular palabra. Una nota sobre el poeta Paul Celan ahogado nos lleva por la corriente del Sena a visitar de puntillas ese querido mundo terrible que fue la primera mitad del siglo XX.
Sesenta y una. Un triple icosaedro de colores, que no ha querido limitarse a ningún género. Las «lúcidas reflexiones» de que habla la cuarta de cubierta se convierten en narraciones sutiles a poco que el lector participe y abra sendas sin transitar. El lector perspicaz hallará una historia apenas esbozada «en la temible soledad de la tienda» del general asirio Holofernes. La descripción de un beso robado en un cuadro de Fragonard se convierte en un cuento con muchas irisaciones y varios posibles finales. Una bella y fina historia es la de aquel Médici Breve —más perspicaz para el ejercicio arbitrario del poder que para prever su propia ruina—, el cual ordenó a Miguel Ángel esculpir una estatua con la nieve de un patio de Florencia. Narración, y no poco hermosa, es el apunte biográfico del músico finalmente salzburgués, Heinrich Ignaz Franz von Biber, que es a la vez músico y octosílabo. Recomiendo leerla oyendo de fondo la chacona de Bach que se allí se cita.
He aquí, pues, un libro de narrativa. No son estas las únicas historias. Ahí está la del cuadro de Vermeer, El arte de la pintura —que, por azar, destino o coincidencia, lleva el mismo título que el manual de Francisco Pacheco, suegro de Velázquez, con cuyas Meninas se establece espejo y paralelismo—. La del cuadro de Vermeer es una auténtica aventura, casi desde el momento de su concepción, y desde luego por su azaroso viaje hasta llegar al museo en donde ahora se admira. Léanlo y también ustedes se admirarán.
Narrativa, hemos dicho. ¿Pero no será más bien ensayo, pues que se habla de cultura y arte? A un profesor mío le oí decir por primera vez que «cultura es lo que queda después de haber olvidado lo que se sabía». Años después alguien me sugirió, sin asegurarlo, que la frase feliz podría ser de Steiner —«el remilgado Steiner», lo llama nuestra autora en otra parte—. Y miren ustedes por dónde, he tenido que rebasar los 60 años para visitar este libro, y en una de sus visitaciones ser visitado por él con esta línea definitiva: La cultura, el arte, es «lo que queda cuando todo lo demás se olvida, como definía Plutarco». Entre esos momentos que quedan cuando lo demás se olvida hay uno que por sí constituye ya otro cuento: aquel en que el bastón de Lully golpeando su propio pie, «con su excéntrico bastón, semejante a un caduceo», se lleva por delante en fúnebre gradación dedo, pie, pierna y vida, como otro bastón y un gemelo se llevaron el brazo de Valle-Inclán. Y así, el bastón de Lully —el único que osó decir «la música soy yo» ante quien dictaminó que el Estado era Él— entabla correlaciones y paralelismos con la gangrena de Luis XIV, como el nombre de Turandot con el cáncer de garganta de Puccini. Vean cómo se juntan, mezclan y barajan los géneros, las imágenes, los versos diluidos en la prosa.
¿Disolución de los géneros o síntesis de todos? Hay en estas páginas sutiles reflexiones sobre el tiempo, que lo mismo puede verse «como el círculo que el reloj de arena traza en su cambio de sentido», que como la serpiente anual que te deja «otra muesca en el tobillo»; reflexiones sobre el amor, sobre el arte en general, sobre la palabra y la poesía en particular, sobre la pintura, la música, el cine… Hay en cada línea una agudeza especial para sacarle punta a todo; y no solo al lápiz «cuya cháchara es un río devorado entre la selva», y su Paraíso perdido la escritura, sino a cosas cotidianas como la fiebre, a la que es capaz de imaginar como «una dama exquisita que te sirve té y naranjas»; a muebles cotidianos o excepcionales, como esa «cama intacta en plena madrugada», que puede ser síntoma de ausencia o de desastre. El lenguaje y sus espejismos.
Es notable su habilidad para llamarnos la atención sobre los pequeños detalles que dan sentido, cambian el curso u ofrecen la cara menos prevista de la vida. No se pierdan los cordones de los zapatos de Manganelli. Si Cortázar ideó unas instrucciones para dar cuerda al reloj o para subir una escalera, Ana sin decirlo nos las ofrece para atarse los cordones de los zapatos y de paso soltar los de la lengua. Tiene una destreza suprema para la síntesis, como esa película de Bergman resuelta en dos palabras: el dolor, el sombrero.
En una época en que nos abruman libros de tantas páginas, este tiene la dimensión exacta de la poda. «Mεγά βιβλίον μεγά κακόν», dijo el viejo Calímaco, aquel poeta griego para quien «un libro grande es un grande mal». Este no adolece de aquel defecto. Pero no se engañen, no es tan breve como parece.
Se dice que libro que no merece ser leído dos veces no merece ser leído ninguna. Este merece varias. Solo así oirá el lector los ecos que resuenan de un extremo a otro de las páginas. Entras, por ejemplo, en la tercera estampa de Victorias: ves una grieta en la roca titulada «El origen del mundo», y solo ochenta páginas después hallas otro origen del mundo, un cuadro que pintó Gustave Courbet en 1866. (Por cierto, ahí se habla de «punto de fuga», el mismo sintagma que volveremos a oír veinte páginas después a propósito de otro cuadro paralelo de Modigliani). Pero en medio aún encontrarás otro orificio en otra roca, ahora titulada «el ombligo del mundo», y, como no hay casualidades, el texto nos advierte que está situado «un poco más al norte del origen», y que «la palabra se reduce a ese orificio que remata el hilo de la vida». Pero es que páginas atrás nos había dicho que «el discurso es un hilo»; y solo ese hilo pudo sacar a Teseo del Laberinto de Creta y a cada uno de nosotros de nuestra propia habitación o laberinto del alma. El hilo de Ariadna, como una cuerda de laúd bien temperado, resuena en otros ámbitos del libro. Todo él es un tapiz, y hay que estar muy atento para no perderse ningún hilo de la trama.
Ya hemos mencionado —o por mejor decir menciona ella— la escritura. La escritura es evocada en algún lugar como ese duelo desigual entre el tiempo que todo lo destruye, y la voluntad implacable de permanecer. Pues bien, unas páginas más, y en aquella historia de Miguel Ángel y la escultura de nieve —¿recuerdan?— volvemos a ver «el duelo del arte contra el tiempo, de la voluntad inconstante contra la inmutabilidad del sacro lenguaje escriturario». Machado hablaba de distinguir las voces de los ecos, pero en este libro voces y ecos son una misma cosa.
Las voces, los ecos, la música de las esferas, los pájaros en el pentagrama. ¿Lo ven? No es un libro tan breve. Gracián nos recordó en su Criticón que «un grande lector de una obra grande dijo que sola le hallaba una falta, y era el no ser o tan breve que se pudiera tomar de memoria, o tan larga que nunca se acabara de leer». No sé si con el actual descrédito de la memoria este se podría cobijar en ella, pese a su aparente brevedad; pero sí sé que puede durar mucho, porque unas páginas remiten a otras, y así resulta inacabable como el círculo o como el eterno retorno. De mí sé decir que ya lo tengo de huésped permanente en mi mesilla de noche.
Es un libro pleno de hallazgos felices que cualquier escritor envidiaría: Por ejemplo: «Sófocles es el inventor del espejo y del género policiaco». ¿Cuántos lo hemos pensado y no hemos sabido decirlo? Es una muy sagaz lectura del Edipo, ese libro misterioso que siempre nos ha intrigado, y que —de nuevo los ecos— páginas atrás estaba de algún modo preanunciado en la película del coreano Park Chan-Wook. La propia habitación, o la casa celeste, o la galería de los cuadros inquietos. Decir que es un libro muy bien escrito es casi un ofensivo pleonasmo. Utilizando el verso de un amigo mío, me atrevería a decir que su prosa es «envolvente como la mirada de Verónica Lake»; en la verdura de sus eras no late la serpiente sino la sonoridad del endecasílabo, el adjetivo preciso, la paronomasia, como esa de la página 111 [¡también es casualidad!], en que el lector hallará vello púbico, público e impúdico, en ese otro cuento, que no lo tiene, del cuadro de Modigliani, otro que no sabemos si fue pintor, músico o poeta.
Un libro bello por los cuatro costados. Al que no son ajenas las ilustraciones que matizan, completan y perfilan los contornos estrictos de la prosa. Solo le falta para ser perfecto que, al abrir cierta página, se oyera una de las rosas de la corona de Biber. Sé que Jesús [Herrán] lo está estudiando.
¿Recuerdan la primera línea? La dignidad conoce extrañas sendas. La literatura también. Nadie ha sido capaz de definir la literatura. Pero yo tuve un profesor de literatura —aquel de la cultura y el olvido— que, en su sencillez sin pretensiones, se atrevió a afirmar que literatura es «decir cosas bellas bellamente dichas». Si esa definición, aun no siendo esencial como pretendían las de Porfirio, se acerca a la esencia de la cosa, La propia habitación es literatura. Excelente literatura. No se la pierdan.

miércoles, 15 de diciembre de 2010

LOS AMIGOS DE ANA

El lujo que siempre ha sido contar con Regino como amigo se demuestra en cosas como esta:

Resulta bien difícil para mí hablar de Ana Rodríguez de la Robla con unos mínimos de objetividad. Porque yo a Ana la quiero mucho, porque tengo muchas razones para deberle un largo agradecimiento, y porque hubo un día en el que el mundo, entre otros criterios, se dividió entre quienes le abrieron los brazos a Leo desde el primer segundo, reconociendo su magia y mi felicidad, y quienes decidieron mirar para otro lado, tal vez porque sólo les sirves como amigo cuando eres más desgraciado que ellos. Leo se enamoró de Ana de inmediato, de su sonrisa franca, de su lengua sarcástica, tan afilada como sus deslumbrantes tacones.
Pero es que además me gusta cómo escribe, su lenguaje rico y musical, su despierta inteligencia, la elegancia de sus párrafos, la cultura infinita que exhibe y que le ha ganado algunas inquinas porque siempre es difícil aceptar que otra personas te saque tres cuerpos en la carrera hacia las nubes.
Así que la objetividad comienza al decir que acaba de editar un nuevo libro, en el que bajo el título de La propia habitación recoge pequeños fogonazos de inteligencia, inclasificables, que rozan a veces el poema en prosa para convertirse en observación certera o reflexión exquisita sobre el mundo, el arte y la carne. Continúa aclarando que el libro ha sido editado por Valnera Literaria, y termina constatando que mañana se presenta en el Ateneo de Santander, a partir de las 20:00.
A partir de ahí, sólo puedo escribir que su libro me gusta, que me gusta mucho, y que me interesan sus reflexiones lúcidas y nunca gratuitas. Que viajar de la mano de Ana para mirar un cuadro o escuchar con oídos más atentos una nueva obra de música, que leer desde sus ojos ese viejo o nuevo libro, es desbrozar los misterios de la creación y sonreír sin aviso previo con su certera pluma.
Sí, ya lo sé. En este mundo que se está consagrando al "especialista", a ese sobre el que bromeaba Ortega definiéndolo como "el que lo sabe todo de nada", chirría que una mujer como Ana de la Robla se atreva a hincar el diente en campos tan diversos, encantados de poder sorprenderla en uno de sus escasísimos renuncios. Pero Ana es de la estirpe humanista, incapaz de negarse a un placer o renunciar a una sola de las ventanas que su espíritu abierto necesita para seguir respirando.
Y por eso su habitación, tan privada, tan propia, es también la habitación de muchos.

lunes, 22 de noviembre de 2010

YA

Ya entre las manos... Recién nacido.

martes, 6 de julio de 2010

DE NUEVO

15 de julio
Palacio de Exposiciones de Santander
20,00 h

martes, 5 de enero de 2010

APUNTES DE LECTURA (I)

Hans Castorp, el protagonista de La Montaña Mágica, descubre en el cadáver de su primo, Joachim Ziemssen, una sonrisa. Después de invertir siete años de su vida en el sanatorio Berghof -siete años que comenzaron como una breve estancia de apenas tres semanas-, Castorp se lleva tan sólo en su maleta esa sonrisa helada. Como un salvoconducto o un billete de tren hacia el vacío, la sonrisa de Ziemssen es una suerte de amuleto, un acto hereje, una victoria como la de la bruja cuyo cuerpo inocente es devuelto inerte por las aguas. También es un trazo insomne de caligrafía, un reto, un surco cuya herida no restañan ni los copos de la nieve en la mudez de su caída.

martes, 22 de diciembre de 2009

SEGUIMOS

Ahí estamos...
Gracias a todos.
Todos somos QVORVM.

sábado, 4 de julio de 2009

AMICITIA





Javi Llamazares grabó estos vídeos en el acto de presentación de La Última Palabra. El sonido en el segundo deja un poco que desear, pero ambos testimonios se deben a la generosidad de Javi.

Semper in debito ob amicitiam suam.

domingo, 28 de junio de 2009

Y MÁS...


Javier Almuzara desde OviedoDiario escribe

MI ÚLTIMA PALABRA

Para el espíritu romántico, la poesía es el alma de la Creación, y su poder genésico es indestructible. Podrá no haber poetas, pero siempre habrá poesía. Al disolvente humor contemporáneo le gusta invertir los términos de las más altas sentencias; y a su juicio parece inapelable que los irreductibles son los vates. Podrá no haber poesía, pero siempre habrá poetas. Yo me inclino por una solución de verdad que no condescienda ni al ingenio hueco ni al ingenuo Bécquer. Podrá no haber poemas, pero siempre habrá poesía. Porque la poesía es una urgencia del lenguaje que se manifiesta de incógnito en la prosa digna de tal nombre y en la conversación que aspira a hacer luz con la palabra; porque la Creación no está acabada, y en la elipsis del séptimo día caben todas las formas de mirarla; porque la vida no está perdida mientras la piedra deje fiel testimonio de su ausencia.
Hoy es un poema transparente que deja en el aire su cálido mensaje. Hoy pienso que la felicidad hace buenas migas con el mundo en su estado natural. El día es un regalo del cielo envuelto en papel amarillo, como dice tocada por la luz Silvia Ugidos en “Un trozo de verano”. Brilla la mesa del café abierta a una lúcida conversación, el humo del último cigarrillo baila su agonía como si estuviese desperezándose del sueño de la ceniza, y la gente pasea aureolada por esta tarde en que la luz protege a todas sus criaturas. Yo miro el mundo con un asombro antiguo, y Bécquer vuelve a tener razón. En la luminosa absolución del día no siento el peso de mi conciencia. Camino aliviado y feliz, como el necrólogo Pereira en el alba de su nueva vida, y busco mi rincón favorito para apurar hasta el último trago el licor traslúcido de una jornada que, desde primera hora, se me ha subido a la cabeza. El esfuerzo de la altura, esa inevitable disciplina artística, me lleva a los jardines de la Rodriga donde, sobre el mantel verde, las copas de los árboles aguardan para ofrecerme el brindis más encumbrado del día.
Llevo conmigo el memorioso ipod, ese aleph musical que me lleva, por la segura guía del azar, a donde estoy. Me siento en el primer banco y escucho al alzar la vista “Questo è il cielo de’ contenti”, el coro feliz de los huéspedes embrujados en la isla de Alcina. Detengo la magia (anticipando el desengaño del amor que pone fin al encantamiento) porque, cuando el día acompaña, la soledad y el silencio hacen buena pareja.
Hasta el Paraíso me he llevado algún libro, o no sería tal Paraíso. Las almas bendecidas son los ciudadanos de ese reino, así que me recreo con La última palabra, un breve compendio de epitafios clásicos latinos versionados por Ana Rodríguez de la Robla, y la más reciente antología de la obra poética de Víctor Botas. En la edición de Luis Bagué Quílez, los poemas de Botas se leen como si fueran inéditos. La responsabilidad de esa sorpresa es compartida. Por una parte, las botescas Historias con Historia se agrupan temáticamente creando asociaciones nuevas entre poemas viejos; y por otra, el lector renueva su asombro cada vez que acaricia versos como estos: “Debéis guardar silencio: Se ha dormido / tan dulcemente el Tiempo entre mis brazos”.
Verso es lo que vuelve. Escribir en verso el epitafio es una declaración tácita de fe en la vida. Desde mi luminosa felicidad, tan lejos del sueño sin sueños, pienso que la muerte es el hecho capital de nuestra historia, y hay que saber cantarla. En cuanto adquirimos esa sombría certidumbre y aceptamos que todo dejará de ser, todo se reduce a evitar que deje de haber sido. Contra el olvido, que es la podredumbre del alma, se alza la conversación obstinada y sentenciosa de los muertos.
Antes de darle a Ana Rodríguez de la Robla “la última palabra”, acaricio la lápida que ilustra la cubierta del libro y me armo de ironía, la luz indirecta de la inteligencia, para entrar en su noche. No espero nada original, porque la originalidad es una superstición contemporánea. El pasado la olvidó ya hace tiempo, y el futuro no cree en ella. Anticipando el retórico cursus honorum de los muertos, recuerdo que para Ambrose Bierce un epitafio era “una inscripción funeraria que demuestra cómo las virtudes adquiridas por la muerte tienen efectos retroactivos”. A pesar de todas las prevenciones, me deja de piedra el aliento helado de esas vidas hechas polvo. Hablan de alegrías pasadas y dignidades aún presentes, de hombres y mujeres enterrados junto al tesoro de su buen nombre, de padres llorosos e hijos añorados, de muertes prematuras y vidas incompletas, de suspiros de alivio en la posada de las almas y de advertencias para el que aún está en el camino…
Ensayo mi propia versión de uno de ellos: “Estando rebosante de dinero y salud / nunca te faltarán amigos. De otro modo / no te conocerá nadie en ninguna parte. / ¿Para qué los convocas a tu fiesta? / Así no se conoce a los amigos. / Cuando caigas enfermo / sabrás quién te mentía estando sano. / Este umbral es la prueba concluyente, / la más justa balanza de la vida. / Muchos han evitado las exequias. / Aquí es donde se ve la piedad verdadera. / Sólo merece ser considerado amigo / quien hace el bien a quien no puede devolvérselo”.
Dejo la música del verso para volver a la poesía de la música mientras leo los últimos renglones de la tarde. La avanzadilla del aire nocturno le susurra intimidades al oído de las ramas, que acarician con sensual indolencia a su interlocutor; y el sol, ruborizado, espía el encuentro desde la mirilla menguante del crepúsculo. Alguien va echando un lento telón al horizonte. Se acabó el espectáculo.
Al levantarme, observo que mi sombra se alarga como si la tierra estuviera tomándome las medidas. Desaparece el reino del placer que la música y la luz mintieron para mí. Mañana el tiempo volverá a engañarme con su ilusión de continuidad ¿O es ahora cuando me engaño? Se está haciendo de noche. La luz se queda en nada, y yo vuelvo algo sombrío a casa. Bebí hasta las heces la copa del instante. Era un gran reserva de alta graduación. Ahora pienso en cierto remedio natural para mi súbita melancolía. Y, por extraño que parezca, me alivia su ácido consuelo: “¿Será la muerte, al fin / quien me venga a librar / de este miedo a morir?”

Cosas de la amistad sin conocernos. Gracias, Javier.

lunes, 22 de junio de 2009

GRATIAS AGERE

Columna de Vicente Gutiérrez Escudero sobre QVORVM en el diario El Mundo.

(Para ampliar, pinchar en la imagen)


viernes, 5 de junio de 2009

QVORVM 6

No se aprecian bien los zapatos rojos que le gustan a Only, pero...
Fue una bonita fiesta. De ello pueden dar fe quienes asistieron.
Y un nuevo QVORVM en la calle.
Con un abrazo para todos los lectores.
.
(Pinchando en la imagen pueden ampliarla).

miércoles, 3 de junio de 2009

MÁS LECTURAS

Y como prosiguen las lecturas de amigos, que además se toman el tiempo de escribir unas líneas, pues nueva entrada dedicada a La Última Palabra, que por fortuna está generando muchas, muchas más palabras...
A continuación puede leerse el texto Poesía del Silencio, del que es autor Fernando Llorente:

"El día 17 del pasado mes de mayo estas mismas páginas [del Diario Montañés] acogieron una, tan extensa como intensa, entrevista a Ana Rodríguez de la Robla, con motivo de la reciente publicación de su obra La última palabra. En ella afirma la poeta, dándole el titular al entrevistador, que “quien no sabe mirar a los clásicos está negando su presente”. El alcance del aserto es limitado, por cuanto lo en él sentenciado sólo puede ser aplicado con justicia a quienes estando en condiciones favorables para saber mirar de frente, dan la espalda a los clásicos. Y no son tantos, cada vez menos. Son ya varias las generaciones de españoles a las que se les ha negado su presente desde que se ninguneó el latín en los planes de estudio. La “Cultura clásica”, asignatura alternativa opcional, de corto recorrido, fue concebida para abortar, privada del soporte de su lengua propia. Como le ocurriría a cualquier cultura.
Pero sí debemos darnos por aludidos quienes, pudiendo y sabiendo, adolecemos de escaso interés y/o falta de ganas. Ana ha hecho el trabajo para que, desperezados, nos asomemos al pozo de unas palabras escritas sobre piedra en latín, que ha traducido al español sobre el papel y, así, ha compuesto un exquisito libro que la Editorial Icaria ha tenido el acierto, para mayor gloria de su colección de poesía, de publicar, con el asesoramiento literario de Concha García y Juan Antonio González Fuentes.
Si quienes, atentos, además de saber y querer mirar, quieren y saben oír, escucharán el recital de poesía del silencio, que en su descanso eterno ofrecen sin descanso los muertos. A veces con voz que grita la piedra para ser escuchada, siquiera al paso. En Ana y en su obra poética habita la voz de los clásicos, y su silencio. No importa si dicha por egregios personajes o por romanos de a pie. De 60 mortales son las palabras postreras que lamentan una muerte temprana, o que claman venganza, o que reclaman complicidad, o que vieron en la muerte una respuesta a la soledad, o que retan a la muerte con el amor, o que…no voy a entrar en explicaciones, comentarios y precisiones que la propia Ana expone, con distinción y claridad, en el prólogo.
Son 60 epitafios, seleccionados por la autora, en los que ha volcado su amplio y solvente saber sobre el mundo y la cultura clásicos, y su depurada y contrastada sensibilidad poética. Pero ni esa sensibilidad ni ese saber habrían salido a flote en la blancura de las páginas navegadas por los restos de 60 naufragios, si Ana no hubiera sabido ni podido sumergirse en los profundos y olvidados pecios del latín. Es también la filóloga que bucea segura entre ellos, con el oxígeno de sus conocimientos y las aletas de su voluntad. Sabe y puede, luego quiere.
Quienes tuvieron la suerte de ser instruidos en el latín durante varios cursos de aquel largo bachillerato comprobarán lo que digo. Ana traduce sin cometer traición alguna. No transmite algo que el difunto no quisiera legar. Ni le hurta ni le da. Lo dice de otra manera, no sólo porque lo dice en español, sino, y sobre todo, porque con cada motivo compone un poema, por mejor decir, hace poesía, con palabras tan sencillas como antiguas, fieles a su parentesco. Quienes los lean sin mirar, al menos de reojo, los textos en latín no podrán ser conscientes de la dificultad del empeño, tampoco de valorar cumplidamente el resultado. No sólo no traiciona Ana los originales al traducirlos, sino que los engrandece, engarzando en ellos elegantes matices y alumbrando bellas y sentidas imágenes.
Nadie muere del todo hasta que se extingue la última memoria que le recuerda. 60 individuos desconocidos del Mundo Antiguo dejaron sus últimas palabras escritas en piedra para eso, para que alguien se encontrara con ellas, y salvarse del olvido. Con La última palabra Ana Rodríguez de la Robla ha contribuido a abrirles infinitos espacios para la supervivencia. A sus lectores nos ayuda a rescatar nuestro presente."

Y por su parte Antonio Tello, amigo asiduo de esta casa, se expresa en una de sus bitácoras en los términos siguientes:

"Cuenta una leyenda que al morir Beda uno de sus discípulos empezó a escribir su epitafio: Hac sunt fossa Bedae...ossa, pero que, agotado por el inútil esfuerzo de hallar el final adecuado, se durmió. A la mañana siguiente, cuando despertó, el monje vio con asombro que alguien, acaso un ángel, había escrito venerabilis. En el epitafio el adjetivo se unió al nombre y así es como aquel espíritu del siglo VII, que Dante reconoció formando una corona brillante (Paraíso, X), ha atravesado los siglos para que lo conozcamos como Beda, el Venerable. Ana Rodríguez de la Robla, poeta, filóloga e historiadora española, ha oficiado de antóloga, traductora y editora de La última palabra (Icaria, 2009), un libro que reúne «los últimos poemas -las últimas palabras- con que un puñado de hombres y mujeres que existieron quisieron se recordados y revivificados», como ella afirma en el prólogo.
La palabra, la palabra escrita, se reivindica como último recurso contra el olvido, para quienes han emigrado hacia ese «lugar donde acaba la muerte», como escribió Nezahualcoyotl, poeta, filósofo y soberano de los aztecas. A través de la palabra labrada en la piedra y desde «el firme apretón de la tierra», el difunto apela al diálogo con los vivos -viajeros, caminantes, paseantes casuales- a quienes se dirige en sucintos versos para informar de lo que fue -Aquí estoy enterrada, sierva minúscula. / Me entregué con seriedad a mi deber / de trabajar la lana...-, de la causa que lo arrojó a la tumba - Por seguro ten que aquí me encuentro / -nunca el valor se deja amedrentar- /por vengar a mi hijo, que está muerto-, de los errores cometidos, de la satisfacción de haber vivido o bien, con socarrón humor o ironía, para invitar al ocasional interlocutor a visitar su morada -Escucha caminante, si quieres ven adentro / hay aquí una tabla en bronce que todo lo explica- o simplemente a que no la ensucie -Viajero, en esta tumba no te orines.
Con La última palabra, De la Robla nos acerca desde el latín una selección de sesenta epitafios en versos recogidos en la voluminosa Carmina Latina Epigraphica, realizada por Franz Bücheler entre 1895 y 1897 y continuada por Ernst Lommatzsch, según ella misma informa en el prólogo. Es un trabajo serio y riguroso que nos revela el postrer intento humano de resistir la erosión del tiempo, el caer en el olvido, inscribiendo su nombre y, en pocas líneas, lo que su vida tuvo, a su juicio (o de sus deudos), de recordable, para hacer que lo perecedero y la eternidad comulguen en la renovada memoria de los vivos."

domingo, 31 de mayo de 2009

LECTURAS

Podría resistirme a esto, pero no lo voy a hacer. Porque, sencillamente, me encanta descubrir que alguien sabe leer un libro, argumentando sus opiniones con rigor pero sin pedanterías. Cuánto más si el libro es propio.
De modo que a la preciosa reseña que ya me dedicó Regino Mateo (y que aparece publicada en el número 6 de la Revista QVORVM, cuya presentación tendrá lugar este martes, como ya se ha avanzado en la entrada anterior), cabe añadir la del profesor Antonio Torralba, amigo de esta casa desde hace mucho tiempo, cuya lectura se transcribe así:

"He estado leyendo estos días un libro hermoso (La última palabra. Icaria/Poesía) de Ana Rodríguez de la Robla.
Consiste, en esencia, en una versión castellana de sesenta epitafios latinos en verso. La antología va precedida de un prólogo sencillo y profundo (“Conversaciones más allá de la ceniza”), elaborado al aroma de tres deslumbrantes citas con las que la autora conversa: el “y escucho con mis ojos a los muertos” de Quevedo, los versos de Paul Valéry que están (creo) en el frontispicio del Museo del Hombre de París (“Depende de aquel que pasa/ que yo sea tumba o tesoro. Que hable o me calle”) y cuatro palabras del cuarto cuarteto de T. S. Eliot (“Todo poema, un epitafio”).
La casualidad ha querido que, en mi caso, esta lectura (que os recomiendo “vivamente”) coincida con (y quizás se vea enriquecida por) otros desvelos más o menos relacionados con el tema de la muerte como generadora de cultura: la corrección y selección, para una publicación escolar, de textos de alumnos escritos bajo el epígrafe de “Mi obituario” (el obituario de ellos); y meditaciones varias en torno al contenido de una charla ilustrada sobre fotografía de muertos (après décès) de otra amiga amante de estos temas. Digo esto por lo del contexto. Jakobson puso por escrito la evidencia de los seis elementos que intervienen en cualquier acto de comunicación; el contexto, claro, es uno de ellos.
Apartadas de las piedras en que fueron grabadas (ellas mismas, las piedras, ubicadas a menudo hoy fuera de contexto), las palabras últimas que la poeta Ana de la Robla vierte con maestría al castellano pierden y ganan cosas: en mayor grado cuantas menos palabras son. La autora (o su editor) ha querido acentuar este efecto omitiendo, salvo en el prólogo, cualquier explicación contextual o de aparato crítico (sólo se le escapa una aclaración entre paréntesis) y ello aumenta casi siempre el tono poético. Al menos, eso me parece en la mayoría de los casos. Pero me surge la duda en otros, como en este epitafio:

De las estatuas repuso los ojos
mientras gozó de salud suficiente.

¿Ganaría o perdería éste con una breve aclaración sobre los fabricantes de ojos? Imagino posibles lecturas aberrantes (no digo que “no poéticas”) motivadas por el hecho simple de ignorar la existencia de este tipo de artesano oculariarius. Es el peligro que acecha a los poemas breves, el “efecto haikú” que explica pormenorizadamente Azúa en la entrada “Metáfora” de su Diccionario de las artes. Por eso quizás hubieran venido bien unas notas. Incluso, ahora que lo pienso, en los casos en que no las necesitan acaso hubieran enriquecido el paseo tranquilo entre tumbas en que puede consistir la lectura de este libro. ¿Quién era este que dice que la muerte vino a librarlo del trabajo de acumular dinero y perderlo en que consistió su vida? Ana ha querido dejarnos solos, como suelen pedir en las películas los que visitan los cementerios.
Por lo demás, del libro sólo cabe decir maravillas. La selección, agrupación y ordenación de los poemas son estupendas; se recorren todos los tonos y los matices que el género ofrece. En su combinación, son más de los que pudiera pensarse. La traducción me parece fabulosa y da la impresión de estar siempre muy meditada. Vuelvo cada tanto al libro, también mientras redacto esta recomendación, y cada vez me parece mejor.
Acabo ya citando un poema que me encanta (los sesenta son valiosos) porque me hace imaginar, como en un vídeo, el paso de las estaciones sobre una lápida (a ésta ya no le llueve porque está en un museo, pero bueno):

Verás la primavera regalarte con sus flores.
El verano te rondará con dulce complacencia.
Restituirá el otoño en ti las dádivas de Baco.
Al invierno encomendé que la tierra te sea leve."

domingo, 17 de mayo de 2009

VANITAS

Pinchando en la imagen puede leerse la entrevista. El libro sigue...

martes, 5 de mayo de 2009

YA EXISTE

Disponible en librerías a partir de la próxima semana.
El prólogo puede leerse aquí.
Y una bella reseña, aquí.
Información editorial, aquí.

Cura ut ualeas.

martes, 31 de marzo de 2009

VICTORIAS PÍRRICAS

Quedaron en la tienda sólo Judith y Holofernes, desplomado sobre su lecho y rezumando vino. Avanzó ella hasta la columna del lecho que estaba junto a la cabeza de Holofernes, tomó de allí su alfanje, y acercándose al lecho, agarró la cabeza de Holofernes por los cabellos y dijo: ‘¡Dame fortaleza, Dios de Israel, en este momento!’. Y, con todas sus fuerzas, le descargó dos golpes sobre el cuello y le cortó la cabeza, y saliendo entregó la cabeza de Holofernes a su sierva. (Judith 13, 2-9)

La dignidad conoce extrañas sendas. Entre un beso y una cabeza cortada sólo media algo de vino, una tela que resbala por un hombro y un ideal que espera cumplimiento. Mientras un general asirio, Holofernes, asedia Betulia con toda su artillería, la viuda del rey Manasés, caído en el cerco, pule sus armas en nombre del honor de un pueblo. Las lágrimas de Judith se transforman en cuentas de collar, sus ropas oscuras se transmutan en seda para el inminente sudario del tirano, sus gemidos de dolor se cubren con la pátina engañosa del placer –siempre embustero. El Antiguo Testamento no narra lo que ocurrió en la temible soledad de la tienda del campamento asirio, cómo se resolvió el encuentro entre el general y la heroína. Holofernes, ahíto de manjares y alcohol, conduce a la viuda a su cámara, a la misma mujer enemiga a la que convidó a cenar en su propia vajilla de plata. Según el relato bíblico, Judith entró en la tienda del caudillo por su pie y salió con la cabeza de Holofernes en las manos. En ese espacio muerto entre ambos hechos late una historia encubierta por las lonas de los aposentos del general decapitado, también por el pudor de la palabra en el texto sagrado: la literatura aquí exhibe maneras de celestina pérfida. Es más que probable que la heroicidad de Judith conllevara una contraprestación: no hay victoria absoluta, no hay honor sin una mácula en su fondo. No: no hay victoria sin tormento.
La representación de este instante en la pintura respeta la pudicia del discurso bíblico. Miguel Ángel, Mantegna, Tintoretto, Cranach, Goya, Klimt… muchos y variados han sido los pintores que han querido captar el momento crucial de la degollación. Sin embargo, dos son los que seguramente destacan sobre todos los demás: Caravaggio y Artemisia Gentileschi. En el lienzo de Caravaggio se da una singular circunstancia: en un primer momento, la Judith ejecutora presentaba los pechos al descubierto, pero posteriormente el artista milanés los cubrió con una delicada blusa, reduciendo con ello la violencia de la obra y también las historias paralelas sugeridas dentro del cuadro (si bien no renunció a la vieja criada, que más que una sierva se antoja una taimada trotaconventos). En la tela de Gentileschi late una terrible vivencia personal: Artemisia fue violada a los dieciocho años por un preceptor que su propio padre había contratado para que la joven recibiera clases de arte sin necesidad de acudir a los talleres, frecuentados por demasiados elementos de género masculino. Como en la profecía de Segismundo, el destino que se pretende eludir puede cumplirse aun en una cámara sellada. El proceso tras la denuncia fue largo y humillante: Artemisia fue acusada de licenciosa, sometida a exámenes ginecológicos en público y torturada para verificar que no mentía. La Judith que decapita a Holofernes tiene el rostro de la misma Gentileschi, y el tirano degollado presenta las facciones de Tassi, el violador infame; es evidente que su representación de la escena destila venganza.
Les propongo un diálogo: que hablemos acerca de estos cuadros. ¿Cuál prefieren y por qué? Para apreciarlos con mayor detalle, pinchen en la imagen de cabecera y aquí.
.

jueves, 26 de febrero de 2009

LA ÚLTIMA PALABRA

En esto ando en estos días: descuido a los vivos por los muertos.

Pronto habrá libro... Primicia:

Hoc Anulina mei memorantur carmine Manes,
paruola quae uixi anno semisseque
sed mea diuina non est itera sub umbras
caelestis anima. Mundus me sumpsit et astra,
corpus habet tellus et saxum nomen inanae.

En estos versos se evocan mis Manes,
los de Anulina; fui tan pequeña
que sólo tuve vida un año y medio.
Pero sabed que mi alma celestial
no seguirá la ruta de las sombras.
El mundo me ha acogido, y sus estrellas.
Mi cuerpo es de la tierra. En esta roca
se custodia lo inane de mi nombre.
.
Qui dolet interitum, mentem soletur amore.
Tollere mors uitam potuit, post fata superstes
fama uiget. Periit corpus, sed nomen in ore est.
Viuit laudatur legitur celebratur amatur
nuntius Augusti uelox pede cursor [...]
cui Latiae gentis nomen patriaeque Sabinus.
O crudele nefas, tulit hic sine crimine mortem
damnatus, periit deceptus fraude latronum.
Nil, scelus, egisti: fama est quae nescit obire.

Quien sufre por causa de la muerte, solaz halla
en el amor su espíritu. Mas aunque la muerte
pueda cercenar la vida, su fama supera
este destino. El cuerpo perece; el nombre
en las bocas se prolonga. Loado, leído,
honrado, amado, vive aún el emisario
augústeo, de pie veloz, latino en nombre
y sabino por su patria. ¡Oh, crimen cruel!
Sin tacha sucumbió a la muerte, por ladrones
engañado. Mas nada, asesino, arrebataste:
reputaciones hay que no saben qué es morir.

Pontia sidereis aspirans uultibus olim
hic iacet: aetherio semine lapsa fuit.
Omnes honos, omnis cesit tibi gratiae formae,
mens quoque eum uultus digna nitore fuit.
Tradita uirgo toris decimum non pertulit annu
coniugii, infelix unica prole perit.
Quantus amor, mentis probitas quam grata marito,
quam casti mores, quantus et ipse pudor,
nil tibi quod foedum, uitium nec moribus ullum,
dum satis obsequeris, famula dicta uiri.
Denique te, memet fatis odioque grauatum
dum sequeris, uidit Corsica cum lacrimis,
tu Treuiros pergens cursu subuecta rotarum,
coniugis heu cultrix, dura satis pateris,
te pater infestus genero cum tollere uellet,
temtasti laqueum si faceret genitor.
Cedite iam ueterum laudes omnesque maritae,
tempora nulla dabunt talia quae faciat.
Vir tuus ingenti gemitu fletuque rigatus
hos feci uersus pauea tamen memorans.

Poncia, cuya faz competía con las estrellas,
yace aquí; llegó como caída del cielo.
Su decoro se tradujo en sus hermosas formas.
No fue digna su cabeza de esplendor menor
que el de su rostro. Doncella fue entregada al lecho,
mas no llegó a cumplir los diez años de casada,
y pereció la infeliz dejando un solo hijo.
Cuán grande era su amor, cuán grata era al esposo
su honradez y su castidad y su pudor.
Nada hubo en ti que fuera vicioso o vergonzante,
antes bien, obediente serviste a tu marido.
Y al fin, siguiéndome, aun mal visto por los hados,
te vio sollozar Córcega, mientras hacia Tréveris
veloz te dirigías, en cura de tu esposo,
padeciendo en verdad las más duras situaciones.
Queriendo tu padre de mi lado arrebatarte
por odio hacia su yerno, intentaste el suicidio.
Esposas todas, loas de los antepasados:
callad. Ningún tiempo alumbrará mujer alguna
que haga nada semejante. En lágrimas bañado,
tu marido, con grandes gemidos, estos versos
escribí, invocando lo menor de cuanto fuiste.

Scripta manent.

domingo, 6 de abril de 2008

EL ORIGEN DEL MUNDO

Coloca la Pitia el trípode sobre la grieta que femínea y feraz hiende la tierra. La grieta alumbra un lenguaje mineral, balbuceos inconexos para el mundo, signos sujetos al cetro caprichoso del desorden. De la grieta mana también la poesía, la llama que titila en la caverna, en su lecho de roca, silabeando arcanos, dioses inmutables, el sino de los días por llegar, la música del tiempo. Rastrojos, pecios, barro con que la Pitia teje su canción, sus versos venenosos y traidores, la ambición sin tregua de los reyes, la esperanza indesmayable de los míseros. La adivina en su sede pare hexámetros; la grieta vaginal se expande y secreta sus fluidos escandidos. Cruzando el río destruirás un gran imperio, ha dicho. Creso, el tuyo, aún no lo sabes, y cruzarás el río, y al morir apresarás el sentido final de las palabras, conocerás, mientras fenece Lidia entera.
Es hermosa la mentira, es hermoso el poema apolíneo en su misterio. No. No es hermosa la mentira, es hermosa la tiniebla, en realidad, su tachadura. El poema es una mujer que aguarda a oscuras, entre sábanas, bajo un dosel, tras los opacos velos de la lengua. Apartando el velo llegarás a ella, podrás poner tu mano sobre ella, y ella hablará desde la poderosa entraña de la tierra: y al hablar cimbreará la Pitia su serpiente, su pitón entre los labios, la vate te dará su vaticinio, la poeta; te cantará la luz y te abrirá la muerte, te ceñirá su corona de laurel: la gran victoria.

Aquí los temblores de la tierra, el impactante origen del mundo: El Caos, de Jean-Féry Rebel, en versión de Marc Minkowski con Les Musiciens du Louvre.


Boomp3.com

domingo, 30 de marzo de 2008

RUECA POÉTICA

El discurso es un hilo. La rueca se devana en un suspiro con que tejer antídotos, conjuros contra la erosión del tiempo. Cuando la palabra está vedada o no es posible únicamente resta el hilo y su mensaje minucioso, la tela que filtra un rayo de luz en el desván oscuro del silencio, el tapiz que puede ser también heraldo de la vergüenza y de la muerte. “La tela es un lenguaje puro”, decía Roland Barthes, quizá mirando hacia los clásicos, concibiendo en el arcano la pureza.
La rueca o el telar son armas de mujer, el instrumento en que tañer su música sombría, la tabla muda de la salvación en el piélago monstruoso; el varón, abstraído por el enfático fragor del lógos y la guerra, las desdeña. Sólo el cobarde aspira a hilar, el temeroso. Sólo el poeta –que en latín encubre sexo de mujer, como mujer era por fuerza la vate visionaria.
El poema se transforma en una malla, en una trampa, en una piedra aleve que a su vez –los griegos lo sabían– es un escándalo. A Heracles le alcanzó el escándalo de su tropiezo, su obstáculo nel mezzo del cammin, al entregarse a la rueca de Ónfale, a su labor de hilo femíneo, al desordenado poema de sus sábanas calientes y bordadas. La hermosa reina lidia le arrebató la maza y la piel del león nemeo y a cambio le entregó la poesía, la facultad de decir en el mutismo turbio de los gineceos. La sabiduría brota a menudo desde el miedo, o de la humillación; el filósofo es un hombre que vive en el terror, una mujer disfrazada y temblorosa.
El discurso, pues, es hilo, y el hilo es fuego lógico arrebatado a los dioses que confían. El lenguaje arde en la rueca y así expugna el laberinto del rey Minos con su ovillo iluminado o quiebra el toque de queda del verbo viril empapelando el gineceo, sus celdas, con consignas encendidas que instan a la rebelión. Scherezade se subleva en el oriente y teje historias; Clitemnestra se subleva en occidente y teje alfombras. Ambas coquetean con madejas sustraídas a la muerte, ambas –ellas son dos, ellas son todas las mujeres– saben que el silencio es el precio puesto a sus palabras. Ambas son arañas y asesinas en potencia. Tal vez poetas. Su verbo es una sierpe, daga letal, un rayo breve. Littera victrix.

viernes, 11 de enero de 2008

LA MUERTE Y LA DONCELLA

Animales breves que se desperezan. Los elegantes grafemas alumbrados por Claude Garamond para la imprenta real de Francia ("Les Grecs du Roi", como detalla Juan Manuel Macías en su hermosa bitácora) semejan cuerpos elásticos poseídos por una voluptuosidad bizantina, por esa etérea levedad de que se vanagloriaba la dignidad imperial en el Oriente al saberse atisbada tan sólo tras un velo. La carne y el misterio cohabitan en esa danza tan sacra como mallarmeana del noir sur le blanc. La anakalypsis o retirada del velo significaría el desgarro insolente del hechizo, la mancilla del virginal atavismo escriturario.
La caligrafía es una historia que se fragua entre las miasmas del tiempo, es una vida con desvanes atestados de cadáveres y también de brotes promisorios; es un jardín de senderos que se bifurcan en el que siempre se remansa la duda de la elección, de la posibilidad no consumada; es la lenta circulación de la sangre en las manos del divino escriba; es la savia absorbida con dolor por el papel desde el rasgueo punzante del cálamo asesino. La caligrafía puede ser también un presente, un regalo cuidadosamente demorado para suscitar en el otro, a quien amamos, un instante sin respiración ni arena, una espera ritual que se quiebra sólo en la lectura de una dedicatoria manuscrita en la primera página de nieve de un libro de poemas. En esos trazos equívocos se encuentra el alma trémula de la escritura, la refutación de la caverna... o su vindicación, tal vez: el derecho a la sombra y al sueño, al engaño y al error.
La minuciosa ságoma con que se encauzan las masas y lo particular se execra ha promovido un edicto de muerte en letras de molde contra la insurrecta escritura manual. La caligrafía es un animal herido con sentencia de ejecución al acecho. La letra acuñada y envasada siempre ha estado de la parte del poder y de la ley, en contra de la otra, la manuscrita, la de las cartas de amor o los poemas desbaratados, la encubridora de secretos, la no siempre legible, la, por ello mismo, libre. De ese singular combate entre la Muerte y la Doncella que Verlaine no supo resolver, emerge la blanca mano tejedora que con pluma garabatea la encendida arenga de su réquiem, su victoria de tinta conquistada como el fuego irreductible de los dioses.

lunes, 30 de julio de 2007

LA GRAN VICTORIA

La Niké es mujer de carne y agua. Su piel está mojada por unánime designio del universo y de los dioses, su túnica chorrea y sus pies siguen el rastro combativo de las olas. Las victorias son así, son siempre contra el agua, el más díscolo, envolvente de los elementos. Es probable que Niké portara en su mano una corona que ha perdido, como ha perdido el brazo esbelto o la cabeza de cabellos elegantemente recogidos. Pero el paso no se pierde: cuando una mujer avanza el retroceso es impensable, a la espalda sólo hay polvo y pasillos estrechos con puertas cerradas.
La ausencia de mirada la ha hecho resistente al tiempo. Sólo mirar nos instala en la conciencia de las horas, en la perfidia de los días. Mejor es no mirar, destrozarse con fíbulas los ojos si es preciso. Caminar, en cambio, es dar a luz, es crear la vida. Igual que el agua vive, porque nunca se detiene. Por eso las huellas de Niké son huellas húmedas y mojada está su ropa: los vientos del Egeo no la afectan. El agua que le corre por las piernas es gozo, es testimonio sensual de alumbramiento, de horizonte.
Los fogonazos de las cámaras interrumpen por momentos lo eterno de su sueño. Luciérnagas fugaces en el cielo de los párpados cerrados. Qué desidia. La superestrella bosteza y sus alas se despliegan más aún; arrojan sombra sobre su propia sombra, desdibujan el curso sinuoso de su estela.
Su cabeza, en algún lugar del Ática, descansa, y sus labios de mármol sonríen: lejos quedaron Salamina, Antíoco, incluso Phitokritos de Rodas (único hombre que le llegó a poner la mano encima). Ella es la única. Ella es la Victoria.