jueves, 30 de abril de 2009

LIFE IS SHORT

A mí me parece que cuando mi muy estimado Antonio Tello me dedicaba en la entrada anterior, con motivo de mi aniversario, aquel comentario de "¿Qué somos sino un saco de huesos que el tiempo convierte en olvido?" (aunque posteriormente el bueno de Antonio lo modificara, viéndome afligida), estaba pensando en algo parecido a esto:

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*Creo que es de justicia que haga mención a este enlace, localizable dentro de la bitácora de Antonio.

miércoles, 29 de abril de 2009

TEMPUS FUGIT

Recibo ovillada el nuevo año. Mi cuerpo anudado encarna un homenaje a la edad que me acomete, que no es otra cosa que un instante circular, como el círculo que el reloj de arena traza en su cambio de sentido, como el grano mismo que gira en ese cambio, en el gesto aleatorio de la mano que acaricia como a un perro el tempus fugit. Mi cuerpo es un espejo y mi espejo es una fuga, un cuadro dentro del cuadro, un fractal, una estrella que nace y se agota en su luz propia, una lágrima temblando en el balcón del lacrimal. Mi edad es un punto en una infinita sucesión de puntos. Una esfinge atrapada por su enigma. Una palabra que regresa como el eco, del vacío.

jueves, 16 de abril de 2009

SERENDIPITY

A continuación les presento dos vídeos que encubren una característica común, que se hallan emparentados por una circunstancia extrañamente similar. Creo que tal coincidencia resulta bastante evidente, pero en todo caso dejo su descubrimiento encomendado a su particular perspicacia.
En el primer caso, se trata de una interpretación de la Sarabande de la Suite número 5 de Bach a cargo del chelista francés Paul Tortelier. En el segundo, se recoge la interpretación de la célebre "Cold Genius" o "Canción del Frío" de la ópera King Arthur de Purcell por el sofisticado y controvertido contratenor alemán Klaus Nomi. Transcribo aquí el texto del aria, cuya autoría es de John Dryden:

What power art thou, who from below
Hast made me rise unwillingly and slow
From beds of everlasting snow?
See'st thou not how stiff and wondrous old
Far unfit to bear the bitter cold,
I can scarcely move or draw my breath?
Let me, let me freeze again to death.

No se me estremezcan demasiado: advierto que ambos vídeos no les dejarán precisamente indiferentes. Hagan constar por aquí sus impresiones y en unos días despejamos la incógnita.




domingo, 12 de abril de 2009

BITTER CHOCOLATE

Turbación, perplejidad, búsqueda, curiosidad, sonrisa, estremecimiento, dulzura, nostalgia… son sólo algunas de las sensaciones que se experimentan ante una cerámica, escultura o instalación de Marisol Cavia, artista española ubicada en Londres desde hace ya más de tres décadas. Y ello porque el arte –y sobre todo el suyo– dura mucho más de lo que dura la mirada, por contrariar la iconoclasta sentencia de Le Parc. En el arte de Marisol hay un antes y un después del arte; hay una recuperación de recuerdos, una indagación interior, una observación de lo real, un ordenamiento sutil del material por parte de la artista, una invitación a la profunda implicación por parte del espectador y, al fin, una huella indeleble que acompaña durante mucho tiempo. Como un sabor que viaja por el cuerpo en la saliva y en la sangre, que se agazapa en la comisura de los labios: un inquietante sabor que no se olvida.

La ternura en la obra de Marisol Cavia es una ternura que duele. En su ideario hay referencias acariciadoras: la infancia, la delicadeza de una sección determinada del universo femenino, la poesía, el amor, el deseo. Con esas referencias trabaja la artista, y de su mirada lúcida emergen las aristas del mundo, en las que se recrea y con las que “puerilmente”, lúdica e inteligente, apela al espectador, hiriéndolo. Pocas cosas pueden resultar tan perturbadoras como la supuesta inocencia de un niño, tortuosa en realidad; y ese es precisamente el gesto con que Marisol Cavia tiende la mano desde sus obras hacia quien las contempla: amparada en la superficie lustrosa y coloreada de unos moldes de cerámica o en unos materiales audaces o en unos zapatos exultantes de fastuosa fantasía, se alberga una alusión a una intimidad celosamente protegida pero al tiempo deseosa de exhibirse para descargarse de pesar, del aliento lacerante del recuerdo. En la obra de Marisol el amargor hay que buscarlo, hay que morder la pieza o la instalación como una fruta, para llegar al centro y saborear su arduo corazón. Es entonces cuando la sonrisa inicial provocada por el juego se congela, se contrae, y uno se adentra de verdad en lo más conmovedor de la propuesta artística.

Probablemente ha sido Undecim la exposición de la artista en que este mecanismo se ha evidenciado de modo más tangible y, por lo mismo, una de las esenciales en su trayectoria. Con una clara invocación a la propia infancia ya desde su mismo título, la artista se retrataba –la identidad es otra de sus obsesiones– en una serie de vistosos y placenteros vestidos de cerámica acompañados de sus correspondientes pares de zapatos, uno de ellos festivo y colorista y otro negro: la despreocupada dicha de la infancia encontraba en esa negrura su lunar, su conciencia, su pájaro oscuro que le recordaba las amonestaciones del mundo real –sobre la sexualidad, la vanidad…–, al punto de que dentro de cada uno de esos zapatos negros se acurrucaba un objeto de penitencia. La vigilancia y el castigo, por apelar al célebre binomio de Foucault, hallan especial acomodo en el territorio virgen de la niñez y desde ahí se proyectan al resto de la vida. Los ojos memoriosos de Marisol, transfigurados en tímidos monitores de televisión, daban cuenta de ese rastro que es como el curso sólo aparentemente transparente del caracol que postulara Bacon; un rastro que arrancaba de la infancia en España –cité antes este dato biográfico, y con toda la intención–, de las visiones de la Semana Santa mirobrigense, de la asfixia de un ambiente cercado por la restricción moral en una ciudad pequeña del paisaje devastado de la Dictadura. Más tarde, la persistencia de ese peculiar legado religioso –que, por otra parte, nunca ha abandonado a la artista, quien lo ha sometido a transformaciones y fusiones varias–, entremezclado con la visión distanciada y forense de sus manifestaciones cultuales, cristalizó en Relics: un museo personal de objetos encapsulados, encerrados para retener su poderoso valor sentimental y al tiempo inmovilizados como insectos en la sagrada y desasosegante colección de un entomólogo.

En otras circunstancias la artista ha mostrado menos aspectos de su vida personal a cambio de una dosis mayor de compromiso, siempre apoyándose en su peculiar arte de íntima exploración y posterior incitación, estimulación del espectador. Es el caso de exposiciones como la estremecedora Under the Skin (sobre los estragos del cáncer de mama, en la que se juega con una sugerente disposición de sostenes de colores que se alternan con uno de color negro –siniestro cromatismo delator, de nuevo–), Hommage to 11M (homenaje levantado ante y contra la muerte, con etéreas almas suspendidas en el Cementerio Brompton de Londres) o Hidden Voices (sobre el maltrato cotidiano que sufren millones de niños en el mundo, contemplado a través de alegres vestidos infantiles torpemente mancillados, corazones capturados o flores marchitas); todas ellas, aunque no sólo, muestran otra característica común: la presencia de espacios interactivos, habilitados para depositar objetos, testimonios… El ara como elemento catártico. Altares en plural para conjurar angustias singulares. El horror. La indefensión. La incertidumbre.

En otras obras de Marisol Cavia, al intenso poder de la interacción, de la participación, se añade un amable sentido de la ironía, no exento tampoco de connotaciones rituales. Así se ha podido percibir en instalaciones como Infidelity, Chocolate Confessionary, Forgotten Languages o la más reciente Seamstress’s Nightmare. La artista ha modelado como barro los sentimientos contrapuestos de los espectadores, los ha convertido en material artístico y el resultado ha sido altamente emocional, rondando lo eléctrico, como eléctrico es lo blanco sobre lo negro o la sierpe de un rayo hendiendo un cielo denso y apagado. La infidelidad –que no es sino la cara oscura de la fe– se ha rastreado entre reliquias entregadas por sus protagonistas, a modo de religión caótica y un tanto heterodoxa; el chocolate ha servido para purgar el mal sabor de las palabras sustraídas, tatuadas por el cacao entre los labios tras el paso volitivo por el “confesionario”; cien gramos exactos de arcilla dan la dimensión precisa y las formas variables del amor entre las manos de quienes se han aprestado a moldear un corazón con semejante material; agujas de cerámica nos instan a coser los retazos de nuestra vida que aún permanecen pendientes de resolución; una trenza negra y larguísima ironiza sobre los convencionales caminos del amor y el papel entre pasivo y astuto de la mujer embalconada que ofrece su pelo como escala ritual de acceso a ella. Junto a estas intervenciones, otras apelan a aspectos más puramente “intelectuales”: Free Words (palabras que luchan como fieras aves contra los barrotes de una jaula), Esquilos Lejanos (de sesgo dulcemente documental), I Myself (miradas individuales asociadas a algún elemento significativo: un carné, un reloj, una carta…).

En estos y en todos los demás trabajos de Marisol Cavia late una carne sensible, receptiva, atenta –como el poeta, que decía Jean Follain– a la belleza del mundo, también a su dolor y a sus contradicciones. Hace algún tiempo escribí un poema sobre ese modo de vivir el arte que, en definitiva, es simplemente, un modo de vivir: Mudar la piel/ como un reptil,/ quedar en carne viva/ al sol./ Desear el salitre y su caricia/ de agujas amarillas.

martes, 31 de marzo de 2009

VICTORIAS PÍRRICAS

Quedaron en la tienda sólo Judith y Holofernes, desplomado sobre su lecho y rezumando vino. Avanzó ella hasta la columna del lecho que estaba junto a la cabeza de Holofernes, tomó de allí su alfanje, y acercándose al lecho, agarró la cabeza de Holofernes por los cabellos y dijo: ‘¡Dame fortaleza, Dios de Israel, en este momento!’. Y, con todas sus fuerzas, le descargó dos golpes sobre el cuello y le cortó la cabeza, y saliendo entregó la cabeza de Holofernes a su sierva. (Judith 13, 2-9)

La dignidad conoce extrañas sendas. Entre un beso y una cabeza cortada sólo media algo de vino, una tela que resbala por un hombro y un ideal que espera cumplimiento. Mientras un general asirio, Holofernes, asedia Betulia con toda su artillería, la viuda del rey Manasés, caído en el cerco, pule sus armas en nombre del honor de un pueblo. Las lágrimas de Judith se transforman en cuentas de collar, sus ropas oscuras se transmutan en seda para el inminente sudario del tirano, sus gemidos de dolor se cubren con la pátina engañosa del placer –siempre embustero. El Antiguo Testamento no narra lo que ocurrió en la temible soledad de la tienda del campamento asirio, cómo se resolvió el encuentro entre el general y la heroína. Holofernes, ahíto de manjares y alcohol, conduce a la viuda a su cámara, a la misma mujer enemiga a la que convidó a cenar en su propia vajilla de plata. Según el relato bíblico, Judith entró en la tienda del caudillo por su pie y salió con la cabeza de Holofernes en las manos. En ese espacio muerto entre ambos hechos late una historia encubierta por las lonas de los aposentos del general decapitado, también por el pudor de la palabra en el texto sagrado: la literatura aquí exhibe maneras de celestina pérfida. Es más que probable que la heroicidad de Judith conllevara una contraprestación: no hay victoria absoluta, no hay honor sin una mácula en su fondo. No: no hay victoria sin tormento.
La representación de este instante en la pintura respeta la pudicia del discurso bíblico. Miguel Ángel, Mantegna, Tintoretto, Cranach, Goya, Klimt… muchos y variados han sido los pintores que han querido captar el momento crucial de la degollación. Sin embargo, dos son los que seguramente destacan sobre todos los demás: Caravaggio y Artemisia Gentileschi. En el lienzo de Caravaggio se da una singular circunstancia: en un primer momento, la Judith ejecutora presentaba los pechos al descubierto, pero posteriormente el artista milanés los cubrió con una delicada blusa, reduciendo con ello la violencia de la obra y también las historias paralelas sugeridas dentro del cuadro (si bien no renunció a la vieja criada, que más que una sierva se antoja una taimada trotaconventos). En la tela de Gentileschi late una terrible vivencia personal: Artemisia fue violada a los dieciocho años por un preceptor que su propio padre había contratado para que la joven recibiera clases de arte sin necesidad de acudir a los talleres, frecuentados por demasiados elementos de género masculino. Como en la profecía de Segismundo, el destino que se pretende eludir puede cumplirse aun en una cámara sellada. El proceso tras la denuncia fue largo y humillante: Artemisia fue acusada de licenciosa, sometida a exámenes ginecológicos en público y torturada para verificar que no mentía. La Judith que decapita a Holofernes tiene el rostro de la misma Gentileschi, y el tirano degollado presenta las facciones de Tassi, el violador infame; es evidente que su representación de la escena destila venganza.
Les propongo un diálogo: que hablemos acerca de estos cuadros. ¿Cuál prefieren y por qué? Para apreciarlos con mayor detalle, pinchen en la imagen de cabecera y aquí.
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martes, 24 de marzo de 2009

BESO ROBADO

En cualquier acto, el acto es una mera circunstancia, un accidente. Un acto no admite capacidad de trascendencia si no existe de por medio una señal que pueda considerarse secundaria; mejor, enigmática, secreta: una señal que en apariencia no lo sea. En esa señal oculta, camuflada, late algo parecido a la traición. Sólo en esa su esencia traidora, delatora, el acto se consuma. La delación fue la argamasa con que se maceró el mundo, que al séptimo día se desperezó a la vida sin sospechar que el breve acto de una recta entre dos puntos encarna únicamente una entelequia de la geometría.
El arte, que es un acto semejante al de la creación del mundo, lo es en tanto cobija delaciones en su seno. El espectador se ve súbitamente inmerso en una escena cretense: su misión es derrotar al Minotauro sin conocer su aspecto, descubrir en qué recoveco del sinuoso laberinto se aloja el monstruo cuya existencia da sentido al sacrificio de las vírgenes. El artista, Odiseo taimado al bastidor, se recrea en el engaño, ofrece pistas falsas, encubre el signo que realmente significa. Si la contemplación –la caza– es exitosa, el lienzo se descubre nupcialmente como acto de contenido pleno.
Me pregunto por qué me gusta tanto esta pequeña tela prerrevolucionaria, este Fragonard que narra una escena de género banal en unos cuerpos que en breve perderían su cabeza bajo el incisivo acero de la fraternidad. En el cuadro todo es pura ambigüedad, y mil microrrelatos se entrecruzan. La dama, ¿es dama o cortesana? Su rechazo, ¿es real o un mero gesto entre el temor, la sorpresa y la coquetería? ¿Se trata, como reza el título del lienzo, de un “beso robado”, o es una estratagema del pintor para aturdirnos? ¿Cómo ha llegado el mozo hasta los elegantes aposentos? ¿Se conocen la dama y el muchacho más allá de esa improvisada cámara amorosa o es ese encuentro el primero que se da en verdad entre ellos? Tal vez él ensilla a diario el caballo de la dama, y ella se apoya distraídamente en el zagal ruborizado para ayudarse en la montura. O quizá es que el jovenzuelo ha decidido al fin relegar la prudencia y poner a su amante en compromiso con un beso en escenario inconveniente. Porque no están solos: al fondo hay otra estancia ocupada por más damas, que hablan y juegan. ¿Es su juego clandestino, son maledicentes sus palabras? ¿Murmurarían de la azorada damita si supieran lo que ocurre en la cámara contigua? Seguramente todas ellas tienen algo que ocultar: sus intrigas las hermanan sin saberlo. El echarpe que cruza la tela une dos narraciones, dos mundos en apariencia distanciados y sin embargo próximos en sus pulsiones más bajas. Pero no. No es nada de eso. Hay algo que se escapa, que nos deja con el encantamiento de los labios en el aire como el aleteo de una promesa sin cumplir.
Ah, no: ahí está. Es ese pie, ese pie que, agazapado, mancilla ingratamente la seda fastuosa del faldón. En ese pie se anula la inocencia de la acción y esta adquiere su sentido verdadero. Esa pisada no es torpeza: es un acto insano de sutil dominación, la primera línea delatora de un relato de final infausto. No en ese beso: en ese pie todo acaba de empezar, todo está por escribir.

domingo, 15 de marzo de 2009

PUERTA DEL MUNDO

El 21 de junio de 1708, un viajero escribe una epístola a un amigo desde Hamburgo. Hamburgo, por aquellos años “puerta del mundo” –das Tor zur Welt–, invertía las riquezas obtenidas de las transacciones mercantiles en la protección y promoción de la actividad cultural, y más en particular de la musical: algo que en estos tiempos de pelotazos, sobornos, prevaricaciones, activos tóxicos y demás inmundicias bochornosas resulta impensable. En cambio, el caballero que se cartea desde Hamburgo con su amigo en el 21 de Junio de 1708 describe con entusiasmo que las nueve damas del Helicón encuentran fácil acomodo en esta ciudad donde resulta difícil elegir entre las habilidades musicales de Telemann, Keiser y “un tal Haendel”. Traduzco sus palabras:

“Me dijeron que hace poco tiempo un hombre joven atrajo la atención de esta ciudad con sus composiciones teatrales, un tal Georg Friedrich Haendel, quien recientemente se ha desplazado a Italia, bajo la invitación del Duque de Toscana, con el objeto de abordar los secretos de la Harmonia. En las casas de Hamburgo todavía se tocan algunas de sus piezas para clave y también algunas sinfonías que se hallan investidas de tal espíritu y pasión que le dejan a uno sin aliento.”

Veamos a qué se refería aquel caballero anónimo, ya que estamos en el “año Haendel”. Abróchense los cinturones:



Esta dominical mañana de sol no merecía menos que esto. Besos sinfónicos para todos.

jueves, 26 de febrero de 2009

LA ÚLTIMA PALABRA

En esto ando en estos días: descuido a los vivos por los muertos.

Pronto habrá libro... Primicia:

Hoc Anulina mei memorantur carmine Manes,
paruola quae uixi anno semisseque
sed mea diuina non est itera sub umbras
caelestis anima. Mundus me sumpsit et astra,
corpus habet tellus et saxum nomen inanae.

En estos versos se evocan mis Manes,
los de Anulina; fui tan pequeña
que sólo tuve vida un año y medio.
Pero sabed que mi alma celestial
no seguirá la ruta de las sombras.
El mundo me ha acogido, y sus estrellas.
Mi cuerpo es de la tierra. En esta roca
se custodia lo inane de mi nombre.
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Qui dolet interitum, mentem soletur amore.
Tollere mors uitam potuit, post fata superstes
fama uiget. Periit corpus, sed nomen in ore est.
Viuit laudatur legitur celebratur amatur
nuntius Augusti uelox pede cursor [...]
cui Latiae gentis nomen patriaeque Sabinus.
O crudele nefas, tulit hic sine crimine mortem
damnatus, periit deceptus fraude latronum.
Nil, scelus, egisti: fama est quae nescit obire.

Quien sufre por causa de la muerte, solaz halla
en el amor su espíritu. Mas aunque la muerte
pueda cercenar la vida, su fama supera
este destino. El cuerpo perece; el nombre
en las bocas se prolonga. Loado, leído,
honrado, amado, vive aún el emisario
augústeo, de pie veloz, latino en nombre
y sabino por su patria. ¡Oh, crimen cruel!
Sin tacha sucumbió a la muerte, por ladrones
engañado. Mas nada, asesino, arrebataste:
reputaciones hay que no saben qué es morir.

Pontia sidereis aspirans uultibus olim
hic iacet: aetherio semine lapsa fuit.
Omnes honos, omnis cesit tibi gratiae formae,
mens quoque eum uultus digna nitore fuit.
Tradita uirgo toris decimum non pertulit annu
coniugii, infelix unica prole perit.
Quantus amor, mentis probitas quam grata marito,
quam casti mores, quantus et ipse pudor,
nil tibi quod foedum, uitium nec moribus ullum,
dum satis obsequeris, famula dicta uiri.
Denique te, memet fatis odioque grauatum
dum sequeris, uidit Corsica cum lacrimis,
tu Treuiros pergens cursu subuecta rotarum,
coniugis heu cultrix, dura satis pateris,
te pater infestus genero cum tollere uellet,
temtasti laqueum si faceret genitor.
Cedite iam ueterum laudes omnesque maritae,
tempora nulla dabunt talia quae faciat.
Vir tuus ingenti gemitu fletuque rigatus
hos feci uersus pauea tamen memorans.

Poncia, cuya faz competía con las estrellas,
yace aquí; llegó como caída del cielo.
Su decoro se tradujo en sus hermosas formas.
No fue digna su cabeza de esplendor menor
que el de su rostro. Doncella fue entregada al lecho,
mas no llegó a cumplir los diez años de casada,
y pereció la infeliz dejando un solo hijo.
Cuán grande era su amor, cuán grata era al esposo
su honradez y su castidad y su pudor.
Nada hubo en ti que fuera vicioso o vergonzante,
antes bien, obediente serviste a tu marido.
Y al fin, siguiéndome, aun mal visto por los hados,
te vio sollozar Córcega, mientras hacia Tréveris
veloz te dirigías, en cura de tu esposo,
padeciendo en verdad las más duras situaciones.
Queriendo tu padre de mi lado arrebatarte
por odio hacia su yerno, intentaste el suicidio.
Esposas todas, loas de los antepasados:
callad. Ningún tiempo alumbrará mujer alguna
que haga nada semejante. En lágrimas bañado,
tu marido, con grandes gemidos, estos versos
escribí, invocando lo menor de cuanto fuiste.

Scripta manent.

miércoles, 28 de enero de 2009

GRAFFITI

Aquel hombre que apoyaba hace milenios sus manos en la piedra, que dejaba en lo rugoso el contorno de sus dedos y sus palmas con pigmentos carmesí, fue el primero de los poetas. Creyó por mucho tiempo que la bóveda de su caverna era la bóveda celeste, y que las figuras caprichosas que el agua adoptaba al morir en el aire eran estrellas, y que el sol era la grieta lejana por la que manaban la luz mansa que respiraba en su cerebro y las palabras que a oscuras escuchaba. Una suerte de amor circulaba en aquel cielo, otorgaba un curso venerable a aquel sole e l’altre stelle. En la noche, aunque en aquella concavidad de la tierra no hubiera apenas otra cosa que la noche, el hombre encendía una hoguera para diferenciar aquel tramo de tiempo del resplandor del día que jamás llegó a atisbar, y escribía entonces sus poemas, testimonios de su mundo reducido. Le gustaba ver palabras proyectadas por el fuego contra las paredes de la cueva, como el espectador de una revelación inusitada, como asistente admirado ante un mensaje sobrenatural, semejante al enigma de aquel dios del que había oído lejanamente hablar, aquel dios que escribiendo meros trazos en un muro había doblegado el gran poder de un reino infiel. El hombre abrigaba la esperanza, o algo que quizá se parecía y para lo que aún no existía término, de que aquellos fotogramas alumbrados tenían vida más allá de la pared donde las llamas los fijaban, de que aquellos versos no eran tan sólo espejismos o discurso breve de cenizas, así que con afán persistía en su parto de cadáveres, noche tras noche –que era como decir a todas horas–, ataviándolos con entusiasmo para su fúnebre cortejo, para su danza de la muerte en un tablero en blanco y negro; un tablero como una broma, como una abrupta carcajada de los dioses, como un simulacro de sombras condenadas a un jaque sin sentido, porque hasta para perder se necesita carne de verdad y una herida dolorosa por la que poder llorar.
Un día algo ocurrió. Sin saber cómo, el poeta tuvo constancia de su prisión, de su autoengaño, de su escritura apasionadamente inútil. La existencia encadenada y ficticia se le antojó un designio insoportable y cruel. Su encarnizado esfuerzo por salir, por saber, por sentir la caricia destructora del sol que habitaba más allá de la caverna, la sangre de sus venas seccionadas por el ansia y la locura, sus manos restregándose anhelantes en la bóveda: ese fue su último poema, escapado del antro de tinieblas. Un poema que, como la escritura lineal A, los expertos no han logrado aún descifrar.

martes, 13 de enero de 2009

O RUDDIER THAN THE CHERRY

Obligaciones que no se pueden soslayar me obligan a ausentarme de esta casa durante aproximadamente un mes. En esta ocasión, pues, les dejaré solos más tiempo del acostumbrado. Ya saben que pueden merodear por los aposentos a su antojo, mover los muebles, servirse té y naranjas, trepar hasta el desván y despertar a las arañas o aguardar desde los miradores al sol que desnuda el horizonte.
De todos modos, para no dejarles absolutamente abandonados, y aprovechándome de que este año tocará acordarse del Sajón (se cumple el 250 aniversario del fallecimiento del Maestro), les voy a regalar un aria, para que escuchen mientras espero que me esperen. Pertenece al II Acto de la ópera –o entretenimiento pastoril, según algunos la han calificado– Acis y Galatea, cuyo libreto (de Alexander Pope, John Hughes y John Gay, ahí es nada) bebe de la traducción que realizó John Dryden –ahí es nada, de nuevo– de Las metamorfosis de Ovidio. Sé que no es esta la más lograda de las óperas de Händel, sé que hay arias más electrizantes y emotivas en el repertorio del Maestro. Pero esta canción de Polifemo, ay esta canción de Polifemo… de interpretación terrible y cómica a la vez… es que me encanta. Hasta el regreso.

O ruddier than the cherry!
O sweeter than the berry!
O nymph more bright
Than moonshine night,
Like kidlings blithe and merry!
Ripe as the melting cluster!
No lily has such lustre;
Yet hard to tame
As raging flame,
And fierce as storms that bluster!

¡Oh, más roja que la cereza,
oh, más dulce que la mora,
oh ninfa, más brillante
que la noche iluminada por la luna,
alegre y feliz como los cabritillos!
¡Madura como el racimo tierno!
Lirio alguno tiene un lustre semejante.
¡Pero ella es más difícil de domar
que la enojada llama,
y fiera como tormenta desatada!


martes, 6 de enero de 2009

AMOR CORTÉS

La pareja de Juan Ramón Jiménez y Zenobia Camprubí siempre ha sido contemplada por los investigadores con numerosas reticencias, que afectan a lo estrictamente privado de su vida matrimonial pero también a lo profesional, en concreto a la autoría de poemas o traducciones y asimismo a las relaciones entre ellos en este delicado ámbito. En estos días releía una preciosa edición de la correspondencia entre Juan Ramón y Zenobia que editó Manuel Arce en los años 80 en su Colección de Libros de La Isla de los Ratones, con prólogo del refinado crítico literario Ricardo Gullón. Le tengo particular afecto a ese volumen, más allá de su propio valor como epistolario, y como epistolario ya prácticamente inencontrable, porque fue un regalo personal de Manuel Arce.
Las cartas entre los dos novios pecan de una inocencia tan extrema como enternecedora, y se hallan bien surtidas de pequeños enojos y susceptibilidades (en especial por parte de Juan Ramón). También dan testimonio de una Zenobia esquiva en los comienzos, aunque caudalosa en su escritura epistolar, y de una apremiante y pragmática preocupación por la subsistencia económica. En todo caso, no deja de sorprender el tono discursivo de la pareja, con más peso testimonial que literario, pues tratándose de cartas de dos personas tan ligadas al ejercicio de la escritura, cabría esperar una mayor riqueza y densidad estilísticas. La lengua del amor desborda cualquier propósito de medición...
Zenobia murió en 28 de octubre de 1956, a los tres días de serle concedido el Nobel al poeta. Parece que Juan Ramón quedó sumido en una fuerte depresión, y que uno de sus refugios emocionales era la relectura de la copiosa correspondencia mantenida con su novia y esposa, aunque a veces esta actividad le alteraba de tal modo que los médicos le disuadían de llevarla a cabo. No es de extrañar: según se desprende de los propios Diarios de Zenobia, recientemente publicados, el difícil y obsesivo poeta de Moguer dependía casi absolutamente de ella en todo –en todo lo ajeno a su obra, por supuesto, que es como decir en prácticamente todo–. Juan Ramón Jiménez murió un año y medio más tarde, de una bronconeumonía, en el mismo hospital en que había fallecido su esposa.
Ambos trazaron recíprocamente una visión íntima del otro, más sintética en el caso de Juan Ramón. Estos peculiares "retratos" se encontraron entre la documentación que del poeta se guardaba en la Universidad de Puerto Rico. Sus prosaicos testimonios son más elocuentes de lo que a simple vista pudiera parecer…

Zenobia vista por Juan Ramón (manuscrito por Zenobia y firmado por Juan Ramón)
Zenobia: eres graciosa, intensa, encantadora; fina de cuerpo y alma; amas lo humano y percibes lo divino; sientes la naturaleza, la música, la pintura, la poesía, la filosofía, la historia, todas las artes y todas las ciencias. Eres buena compañera de hogar, de viaje y de trabajo. Siempre estás dispuesta a trabajar o a gozar. No eres interesada. Eres cumplidora, digna y generosa. No pides nada a nadie. Das todo. Te acomodas a todas las circunstancias y las resuelves alegremente. Ríes siempre, a veces por no llorar.

Juan Ramón visto por Zenobia (manuscrito por Zenobia, incompleto)
Juan Ramón, cuando está cerca, es todo ojos. Lo demás es un contorno armonioso que los acompaña, excepto la sonrisa, que casi puede igualarse con los ojos.
El mejor momento de Juan Ramón y el más largo de su vida es cuando está trabajando en su obra, completamente olvidado de sí mismo. Nunca es más feliz que cuando está escribiendo, corrigiendo, perfeccionando… Después de un gran día de trabajo, cuando se permite algún recreo, dice con satisfacción que ha podido gozar plenamente en el ocio porque ha cumplido bien con su trabajo antes.
Su carácter es del todo diferente en sus temporadas fecundas de lo que es en las áridas. No tiene términos medios, o está muy bien o está muy mal.
La única dolencia real física que le conozco la lleva con una extrema paciencia aún cuando en las etapas exacerbadas le produzca desaliento.
Sus defectos principales son el no aceptar casi nunca la responsabilidad de su culpa, por muy insignificante que sea, y la suspicacia para dolerse de cosas insignificantes. Además es muy egoísta, pero a medida que pasan los años, en este defecto que tanto lo dominó en su juventud, ha hecho un gran progreso: se esfuerza por recapacitar cuando se le advierte y procura y logra grandes mejoras. En esto verdaderamente ha ahondado mucho, sobre todo en las temporadas en que su vida es serena y tiene tiempo de pensar. En temporadas nerviosas no hace el menor esfuerzo por dominarse y llega a una crueldad increíble en el egoísmo cuando se trata de la manía especial en boga en el momento.
Al lado de esto es también de una generosidad emocionante en que todo lo quiere dar y en que le da una gran alegría el proporcionarle una satisfacción o gusto a cualquiera, aun cuando se trate de un desconocido...

jueves, 1 de enero de 2009

UNO DE ENERO

Para Rubén, Cristian, Antonio, Pablo, Elvira, Morgenrot, José Antonio y todos los que cuentan con habitación en esta casa.

Recuerdo que hace un año y un día, en 31 de diciembre, instaba a los lectores de esta bitácora al cambio, tras una tarde cinematográfica de melancolía y ensueño. Esta vez me encuentro ya en día 1, con una criatura entre las manos que se despereza con absoluta parsimonia. El Año Nuevo es un pequeño sol que quema sin saberlo, una esperanza de ser ajena a su propio nacimiento, también a su crecimiento y a su inevitable y pagana desaparición.
El 1 en cualquier calendario conocido es en definitiva una bisagra. Su propia forma lo delata y los romanos lo sabían muy bien, pues el 1 era el día de las puertas, del final y del comienzo, el día de Jano (Ianuarius > January o Enero) que regía el inicio y la clausura de la paz y de la guerra, el día del dios bifronte que miraba altivo hacia delante sin desechar la memoria humilde del pasado.
Si miro entonces hacia atrás encuentro episodios formidables, algunos de ellos no del todo indiferentes a las estancias de esta casa. Recuerdo la llegada de una pequeña con los ojos temerosos de la luz, que en este mismo día será el despierto pestañeo de su padre Rubén. Al otro lado del mar y prácticamente al mismo tiempo vivía Cristian idéntica ventura en otros ojos. Que sean dichosas Natalia y Valentina.
Otros hijos adquieren otras formas. Antonio y su grupo, Cinco Siglos, ha alumbrado una preciosa grabación de delicias barrocas entre la música y la literatura, entre Góngora y Goya, entre la tarantela y la seguidilla, que destila disfrute puro, además de constituir un necesario rescate de nuestro acervo musical menos conocido (a veces conocido pero mal tratado) y más sabroso. Antonio y su grupo empiezan a malacostumbrarnos a grabar discos con mimo, exquisitamente documentados –las notas de Antonio son de quitarse el sombrero– y con repertorios “muy nuestros” en el sentido menos palurdo de la expresión, extraordinariamente amenos y fresquísimos. Porque hay vida musical en España más allá e incluso más acá de Falla, aunque muchos no lo sepan.
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Otro acontecimiento es la resurrección cual ave fénix de la bitácora de Pablo J. Vayón, de quien lloramos con sinceridad en su tiempo el cese de El Festín de la Araña. De aquellas cenizas ha renacido en 2008 El Martillo sin Dueño, uno de los espacios de música más documentados y elegantes que se puede visitar en la blogosfera.
Y cómo olvidar las bitácoras de Elvira Coderch, Morgenrot y José Antonio Gómez, que Jano vio aparecer en 2008 como espacios cálidos que siempre acogen con ternura al visitante. De los partos propios no hablaré, que ya lo hice en su día y no es cuestión de repetirse en 2009 sin méritos renovados... En eso precisamente estamos.
A todos ellos, y a todos los que cada día pasan por aquí, por tanta luz, por tanto nacimiento, por tanta generosidad “sin ánimo de lucro”, les dejo la banda sonora de un espectacular alumbramiento: el de Polymnía, la personificada poesía, centro y origen de cuanto late iluminándonos el mundo, vista por Rameau en una partitura inolvidable. Felicidad… y miremos ya hacia lo que empieza. Audaces Fortuna iuvat.

jueves, 25 de diciembre de 2008

UNA SOLA VEZ

La paradoja de la repetición está en su olvido. El hallazgo, el temor, la sorpresa, el odio, la seducción, palpitan sólo si exhalan el aroma de lo efímero; deben morir para no morir jamás. En el tránsito de lo único a lo único reiterado –su conversión en animal doméstico– suena una zarabanda letal que transcribe su partitura al pie arenoso de las olas. El lenguaje del mar, también, su caligrafía encadenada y huera, aturde y cautiva una sola vez. Su olor es el olor de la victoria que brilló un día en el campo de batalla. Volver al mar es volver al abrazo de la amante conocida y desdeñosa, como volver al devastado campo de batalla es volver, ya sin laurel, a la conciencia desnuda de lo inerte. El regreso subraya la carne de los hechos, su descomposición. Los infiernos de Orfeo o de Eneas trastabillean ante el error táctico de la reproducción.
Los filólogos, taxidermistas de la comunicación, han acuñado un término para designar, en especial dentro del ámbito de la lengua griega, aunque no exclusivamente, aquellas palabras de las que se tiene una única constancia: un hápax (o un hápax legómenon, “dicho una sola vez”) es aquel vocablo irrepetido que se encuentra en un solo texto como se encuentra un tesoro inesperado en un desván tomado por el polvo. Esas palabras, una vez halladas, no sufren riesgo de extravío. No es su sonido el de las voces más hermosas, no suelen ser sus vestiduras las más evocadoras, pero se tornan en su escasez inolvidables. En ese intercambio encapsulado entre el significado y el ojo se sella un pacto, una complicidad, que es un regalo, como regalo es el paisaje irrepetible contemplado desde la quilla de la barca de Caronte a cambio de ese óbolo –ese también único óbolo– que no retorna nunca.
Esa vez, esa vez sola que ello ocurre, que ello se nombra, es importante. Esa vez sola abate imperios y alza leyendas. Los mitos se nutren de lo que pasó tan sólo un día. Y el dolor. Con motivo de la reciente y afortunada nueva grabación del Dido y Eneas de Henry Purcell, releía aquel pasaje en que Eneas acude a despedirse de la reina de Cartago por verse obligado a partir hacia destinos más gloriosos –aquí, precisamente, la reiteración secular del “varonil” argumento convierte al supuesto héroe en un personajuelo de cartón, algo que no es culpa en absoluto de Purcell–. En esa escena (“Your counsel”) hay una inflexión, un momento fugaz de duda, en que Eneas manifiesta su cambio de parecer, su intención de permanecer junto a la amante desolada, contrariando los "deseos jupiterinos". La respuesta de Dido es digna, deslumbrante:

No, faithless man, thy course pursue;
I’m now resolv’d as well as you.
No repentance shall reclaim
The injur’d Dido’s slighted flame.
For ‘tis is enough, whate’er you now decree,
That you had once a thought of leaving me.

“Porque es suficiente, no importa lo que ahora decidas, que hayas pensado abandonarme una sola vez”. Lo que sucede después es de todos conocido.

When I am laid on earth, en versión de Simone Kermes.

domingo, 7 de diciembre de 2008

MONTEVERDI FOR EVER

A pesar de que tan sólo dos lectores se han aventurado a pronunciarse, como les proponía, sobre las dos versiones del monteverdiano Lamento della Ninfa presentadas en la entrada anterior –tres, en realidad, si contamos la que aparece en el pasaje de la película Pont des Arts de Green–, daré aquí para ellos los datos de las versiones en cuestión y desvelaré la relación existente entre dos de ellas, de las que en cierto modo se puede decir que son la misma (es verdad, siempre me guardo un as en la manga).
La versión en que Sarah hace palidecer a su auditorio al completo a excepción del asesino Innombrable es obra de Claire Lefilliâtre (acompañada por Jean-François Novelli, Jan van Elsacker y Arnaud Marzoratti), miembro de Le Poème Harmonique, agrupación que ha grabado recientemente un hermoso montaje en dvd del Cadmus y Hermione de Lully.
En cuanto a las dos versiones que se presentan a continuación, la primera (“la de la vela”) es de Rinaldo Alessandrini, al frente del Concerto Italiano. La soprano es Rossana Bertini, e incluso diré que una de las voces masculinas (contratenor) pertenece a Claudio Cavina. La versión segunda está interpretada por el grupo La Venexiana, a cuya cabeza se encuentran Claudio Cavina y Rossana Bertini. No, no me he equivocado. ¿Qué significa esto?
Claudio y Rossana se dedicaban al bello mundo del madrigal amoroso bajo la dirección de Rinaldo Alessandrini cuando, de repente, descubrieron que pasar del dicho al hecho podía ser más placentero que quedarse en las notas y suspiros de Monteverdi. Para ese entonces habían grabado ya para el sello Naïve (opus 111) el Octavo Libro de Madrigales Guerreros y Amorosos de Claudio Monteverdi con el Concerto Italiano y el amigo Alessandrini (bellísimo disco, por cierto). A los pocos meses, los enamorados Claudio (Cavina) y Rossana decidieron poner pies en polvorosa y dejar colgado a Rinaldo para mejor vivir su ardor (todo esto es un decir, no me hagan caso); pero como no todo iba a ser amor, y donde no hay harina todo es mohína, pues decidieron fundar un nuevo grupo vocal y de paso hicieron polvo con ello a Alessandrini: ese grupo es La Venexiana, nutrido de la mayoría de voces del Concerto Italiano, a quienes arrastraron a la nueva formación. La Venexiana (que lógicamente en poco se diferenciaba en sus primeros tiempos del Concerto Italiano, aunque con posterioridad ha ido incorporando otras bellas voces) ha grabado para el sello Glossa la magnífica integral de libros de madrigales de Monteverdi (y asimismo la imperdible de Gesualdo, de quien se ha hablado también por estos pagos). Y es que, culebrones y cuestiones personales aparte, La Venexiana -que es lo que verdaderamente importa- constituye una referencia inexcusable en el panorama vocal de la música antigua.
Entre las dos versiones media, al menos, la evidente diferencia en el tempo. Las indicaciones de Monteverdi al respecto dejan carta blanca en la interpretación del Lamento della Ninfa; en todo caso, es posible que la versión que aquí se ha recogido de La Venexiana (hay otras en diferentes grabaciones: por ejemplo en La Venexiana Live in Corsica) resulte excesivamente lenta. La interpretación de Claire Lefilliâtre a mí me resulta decididamente hermosa y sensual, aunque la transparencia vocal de Rossana Bertini… Quid faciam?
Por último, si no quieren odiar a la Ninfa para siempre, les recomiendo que no escuchen las versiones de Montserrat Figueras (la mera mención de su nombre me estremece) ni de Natalie Dessay. Les advierto que su audición puede causar daños irreparables en el hemisferio cerebral derecho. Non mi tormenti più. Aquí les dejo el bellísimo texto del madrigal monteverdiano.

Amor, dov'è la fe'che il traditor giurò? Amor, dicea; il ciel mirando il pie fermò. Fa che ritorni il mio amor com'ei pur fu, o tu m'ancidi ch'io non mi tormenti più. Non vo' più ch'ei sospiri se non lontan da me; no, no che i suoi martiri più non dirammi affè. Perchè di lui mi truggo tutt'orgoglioso sta che sì, che sì, se'l fuggo ancor mi pregherà. Se ciglio ha più sereno colei ch'el mio non è, già non rinchiude in seno amor, sì bella fe'! Nè mai sì dolci baci da quella bocca havrà, nè più soavi -ah, taci, taci, che troppo il sa. (Miserella! ah più no, no tanto gel sofrir non può.)
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A cuidarse. Monteverdi for ever.

domingo, 30 de noviembre de 2008

NÈ MAI SÌ DOLCI BACI

Reviso fotografías, organizo recuerdos, desecho vivencias, ensalzo momentos. En este paisaje fui feliz, la lluvia bebía mis pasos con imprecisa ternura en aquel anochecer. Y aquella vista, su imagen redentora capturada con el último, lánguido pestañeo de la luz, junto al Sacré Coeur. Y la bajada y Montmartre y el restaurante con su pérgola y su aroma escondido entre las calles. Y al día siguiente el Pont des Arts, la cita inesperada con la Maga –que no acude, por supuesto– sin papel rayado ni dentífrico ordenado… y un Innombrable. Siempre lo hay, en todo tiempo y lugar.
También lo hay en este otro Pont des Arts, el de Eugène Green. París es la ciudad del abandono, es un pañuelo que se agita en el aire silabeando el adiós entre sus comisuras de algodón. En París el Innombrable se encarga de concertar los desencuentros a la sombra implacable de la música barroca. En todo desamor respira la banda sonora del desastre, su belleza forense y vigilante. Puede ocurrir que todo empiece y termine en Monteverdi. Yo una vez lo supe, como Sarah.



Ese inmenso madrigal es una flor prendida en la solapa perpetua del deseo, es la música que suena cuando una mujer vuelve a casa cada noche tras pasar horas en la mesa oscura de un café, mientras aguarda la epifanía que cambie el curso de sus astros, su deambular silencioso y agostado. Si el hombre apareciera por la puerta del café quedaría sin lágrimas la Ninfa en su lamento, la nieve parisina borraría las huellas del regreso desolado por el puente de metal… En Comme une image, de Agnès Jaoui, la ninfa Lolita que interpreta obsesivamente la plegaria de Monteverdi ante la indiferencia de su padre sólo escapa al desamor subiéndose a un lied de Schubert, como quien se sube a un tren en marcha. Lolita desconoce que se puede escapar del desamor pero no del melancólico veneno del genio de Cremona.
Hoy, 29 de noviembre, se cumplen 365 años de la muerte de Claudio Monteverdi. Esa delicada joya que es el Lamento della Ninfa a cuatro voces, y que forma parte de su Octavo Libro de Madrigales (Guerreros y Amorosos), un lamento que debía interpretarse "al ritmo del corazón, no al de las manos", vio la luz hace exactamente 370 años, cinco antes de la muerte del compositor. La fotografía que ilustra esta entrada la tomé furtivamente –está rigurosamente prohibido hacerlo– en su sepulcro de Venecia, en la octava capilla de la Iglesia de Santa Maria dei Frari. Para homenajear al Maestro en su aniversario les propongo que elijan entre estas dos versiones, bien distintas, o incluso entre estas dos y la que presenta Green en su Pont des Arts. Esta vez no hay trucos: sólo placer.