martes, 26 de junio de 2007

ORFEOS

Qué peligroso es volver. Termino el inquietante libro de Miroslav Krleža, El retorno de Filip Latinovicz, y los efluvios de la descomposición me impregnan las manos. El regreso a los lugares después de varios años es oficio de sepultureros. A las ciudades que alguna vez fueron de uno –como los bosques todos son de Diana, que decía Calímaco– siempre hay que retornar con una pala, y dispuesto a llenarse de lodo las rodillas, las meninges, lo que sea. El espectáculo es dantesco y no resulta fácil tolerar el hedor de la putrefacción. Los cadáveres acaban siempre tomando su revancha con los vivos. Es natural.
A las películas tampoco hay que volver, ni a ciertas músicas, si llevan etiqueta temporal. Mejor es revolcarse en el vacío, en el futuro. Volver la vista atrás es sumir lo bello en el reino pestilente de las sombras, ser necios como Orfeo, perder lo poco que un día fuimos por la gracia del azar o la memoria, que siempre nos complacen.

Lo advierte alguien que conozco bien:

Las máscaras aguardan en el limo
su turno de fulgores apagados.


Cuidado, pues.

miércoles, 20 de junio de 2007

MOZART: LA VENTANA.

Siempre creí -ya les he hablado de esto- que el tercer movimiento de la Gran Partita de Mozart era la más estremecida expresión de un tiempo que termina, de una belleza que se apaga por propia voluntad sin renunciar al esplendor. La Gran Partita podría ser algo así como la banda sonora de las últimas palabras que precedieron a la muerte de Sócrates, la música que se confundía con el crepitar del fuego mientras Virgilio entregaba La Eneida a las llamas con sus propias manos.
Pero hoy Mozart me asoma a una ventana en que el adiós deja paso al horizonte. Mozart es el recuerdo de unas lágrimas prendidas de una blusa, de una tormenta que resplandece entre las manos más allá de unos visillos, del calor de la hierba y su caricia nocturna dulcificando la razón.
Vean aquí cómo dirige Daniel Barenboim... Bolonia al fondo. Y el corazón de Hofmannsthal pensando el mundo ("Oder als könnten wir in ein neues, ahnungsvolles Verhältnis zum ganzen Dasein treten, wenn wir anfingen, mit dem Herzen zu denken").

domingo, 17 de junio de 2007

BORGIANA

Es cálido vivir en el desván, dejarse tomar por el polvo y la labor de las arañas. No buscar. Cuando buscamos, terminamos por encontrarnos donde no queríamos, siendo aquello que no debíamos ser. Cuando buscamos, también, preguntamos; demasiado, siempre. Y entonces llegan sus palabras. Como un encaje o una alfombra envenenada. La belleza y lo terrible. La verdad. El resplandor sutil del adivino, del asesino a sueldo.

ARÚSPICES

Un esclavo, tan sólo es un esclavo,
mas todo un rey parece por sus ropas:
todo rito requiere sus disfraces
como el amor requiere sus mentiras.
El recinto está puro, está dispuesto
el improvisado altar, la víctima.
Necesitas respuestas, dar un término
al mañana de un tiempo que no acaba.
Resolver el enigma no es tan fácil:
cuántos años la sangre de su pueblo
derramará el designio de los dioses,
cuál es el signo de la ira, cuál
la llave que clausure el odio, cuál
el hombre que al morir traerá la paz.
Los soldados insomnes, los cadáveres,
aguardan el dictado de las vísceras
espiando las sombras tras las lonas.
Un efebo sumiso trae la daga;
brilla el filo sagrado de su lengua.
Tu mirada sostiene la del ave,
su dolor, qué relámpago de hielo
cuando la hoja avanza por la carne.
Las alas desfallecen, sólo es hígado
el cuerpo que era libre una hora antes.
El arúspice se inclina ante la página:
las entrañas desvelan su poema
y es tu nombre su última palabra.

miércoles, 13 de junio de 2007

PROMESA POR LA ESPALDA

Prometí a mi más admirado bloguero que compartiría esto públicamente (pueden ustedes hacer lo propio desde aquí). El asunto me ha cogido por sorpresa -a la vista está-. Volver y volverte y darte cuenta de que no han dejado de observar tu espalda (sin duda nuestra parte más vulnerable y elocuente) conlleva un misterio y al mismo tiempo un peligro. Quien contempla tu espalda puede conocer tu pasado y tus derrotas, puede amarte por ello o, lo que es peor, compadecerte. Decía Tucídides que la mujer debía mantener a cubierto su nombre y su espalda; me temo que he descuidado ambos preceptos. Quid faciam?

Y por redondear la transparencia de los nombres (y acabar de pegarme con Tucídides)... he descubierto que la transcripción numérica del mío es esta sucesión de 0 y 1:

01000001 01101110 01100001 00100000 01010010 01101111 01100100 01110010 01101001 01100111 01110101 01100101 01111010 00101101 01100100 01100101 00101101 01101100 01100001 00101101 01110010 01101111 01100010 01101100 01100001

Muchos más ceros que unos. ¿Tendrá algún significado?

sábado, 9 de junio de 2007

AUSENTE

Unos días ausente. Vivir de lejos. Creo que me he perdido por aquí. Algo así como un viaje, no sé si fuera o dentro de mí (tal vez G. lo sepa mejor que yo). De modo que no me encuentren, porque no dejaré que me busquen.

domingo, 3 de junio de 2007

ESCOMBROS DE LA HISTORIA

Hace no demasiados días le regalaba a un apreciado amigo bloguero una frase del enorme Hugo de Hofmannsthal: “Sobre transformaciones camina nuestro placer más intenso”. La afirmación de Hofmannsthal arroja luz sobre la repercusión de la transformación y sus meandros en el paisaje emocional, pero parece obvio que la transformación es asimismo un elemento inmanente en lo que al arte se refiere. En todos los artistas que realmente lo son esta vivencia está presente. Cuando Hofmannsthal escribía esto se hallaba inmerso –en Viena– en un proceso de cambios políticos y humanos que acabarían por conducirle a la muerte inmediata tras el suicidio de su hijo; una forma peculiar de intensidad, que se contagió profusamente a otros habitantes de su espacio y su generación (el suicidio como rebelión contra la decadencia en derredor, que postuló Karl Kraus, aunque él –lúcido en exceso– no llegara a practicarlo).
Tras un siglo XX específicamente turbulento, los estados alemán y austriaco continúan como pocos desasosegando a sus escritores y artistas, colocándolos en esa cuerda floja y fascinante que es la pasión insuflada por la trastienda oscura de la transformación; y entre ellos Anselm Kiefer ha traducido, igualmente como pocos, la turbación del perder pie, del habitar una tierra que no existe, del pensar con palabras que el viento de la Historia desmorona.
La obra de Kiefer –espléndida la exposición retrospectiva de sus últimos diez años, que se exhibe en el Guggenheim de Bilbao hasta septiembre– se yergue brutal y delicada, contundente y sutil, densa y frágil en extremo. Kiefer es un maestro del oxímoron, y por ello sus obras se nos muestran rebosantes de materia que no obstante flaquea y se pliega ante la acción natural (las piezas se someten con frecuencia a la intemperie, para que los fenómenos meteorológicos realicen su trabajo inexorable y aporten su huella de óxido, disoluciones, desgarros y fracturas): algo que es connatural al propio desarrollo de la Historia, cuyo curso derrota las más sólidas acciones y deja al Hombre desnudo y solitario ante sí mismo. Si este es el proceso en lo formal, en el discurso de la obra el trayecto es similar; el hilván aéreo del lenguaje se contrapone a la dureza sin revés del contenido, y así, de la exquisita intelectualidad del poema o el símbolo se transita a la implacable violencia del mensaje: el poema que nos habla de la muerte, el símbolo que nos pone el horror ante los ojos, la escalera alígera que se quiebra y sepulta en su caída cuanto está bajo de sí.
Cuando Kiefer irrumpió con fuerza en el panorama artístico internacional corrían los años 70. La crítica acoge con los brazos abiertos las supuestas reflexiones sobre el nazismo y el holocausto que Anselm Kiefer lleva a cabo en sus obras, en especial a partir de su célebre Héroes espirituales de Alemania (1973); qué decir de esta monomanía que todavía nos sigue persiguiendo. De todos modos, los asertos de la crítica –que también hablan de un supuesto neoexpresionismo de Kiefer (¿?)– deben tomarse estrictamente en lo que valen –que no es mucho–, ya que en la actualidad deploran que Kiefer se haya apartado de su habitual preocupación por tales temas, en tanto que sus obras están cuajadas de poemas de Celan o Bachmann y de referencias a Nietzsche y Heidegger. Me reiría si no fuera que me vence el llanto… porque mira que tiene delito ignorar –verbigracia– el significado de la nieve en la poesía de Celan. En cualquier caso, al margen de que los críticos de plástica lean poca filosofía y no lean poesía en absoluto, me parece que el problema radica no tanto en la explícita identificación de tales temas como en el hecho de que en realidad Kiefer reflexiona sobre la historia alemana, sí, pero también y sobre todo acerca de los vaivenes y las huellas de la Historia, con mayúscula; de donde se explican con total coherencia otras alusiones intelectuales como el mundo clásico, la mitología nórdica, la cábala o un tratado de botánica, no circunscritos al restringido ámbito de lo germánico.
Kiefer hace suya la obsesión de Hofmannsthal –la atracción insana de la decadencia–, aunque menos con palabras que con hechos. A Kiefer se le deteriora el más sólido hormigón (Merkaba), se le diluye la belleza en el tiempo presente (La Cabellera de Berenice), se le evaporan las cabezas de las grandes damas de la iconología occidental (Claudia Quinta). Kiefer se esfuerza en modelar el plomo, en convertirlo en tersas sábanas para las camas de una morgue (Mujeres de la Revolución, a partir de Michelet). Kiefer trabaja con el fin en sus múltiples maneras, con el escombro de la vida. Ya lo advertía Gottfried Benn: “quien es partidario de las estatuas debe serlo también de los escombros”. De unas y otros Anselm Kiefer sabe mucho.
Ante el escombro en derredor, una esperanza: mirar al cielo, arraigar en el infinito caos de las estrellas (Sternen Lager) y ser un número, tan sólo un número, pero con sentido, tal vez enamorado.

martes, 29 de mayo de 2007

DESPERDICIOS

Hace sólo algunas horas leía en la bitácora de elperdedor un texto sobre la desaparición, sobre la imperiosa necesidad de la muerte, que comienza por uno mismo para proyectarse en los demás (sentimiento tan indispensable como legítimo, quién lo duda). Elperdedor traía esto a colación de una carta abierta de Ray Loriga (La bondad del asesino), en que éste comienza postulando la muerte de la ficción y continúa embrollándose con el asunto de los muertos y las muertas –lo estimulante de olfatear la muerte en derredor y así sentirnos superiores, más y mejor supervivientes que el moribundo de al lado–, para acabar admitiendo el óbito en exclusiva de sus ficciones propias. Ahí queríamos llegar. A mí el texto de Loriga me ha encantado porque su espíritu, sobre todo cuando dice aquello de “tal vez algún día esta larga lista de derrotas me sirva para alzarme con una merecida victoria”, me ha tocado el corazón del blog. Razones obvias.
Pero además Loriga intuye, aun sin apenas darse cuenta, el problema fundamental en cualquier muerte relevante: el problema de las palabras, absolutamente chivatas en lo que a descomposiciones se refiere. A él mismo le bailan las palabras ‘word’ y ‘world’ (espeluznante confusión) en la memoria, y eso es síntoma de que los textos en el congelador le huelen a podrido. Y la farmacia, cerrada.
El horror ante las circunvoluciones de las palabras propias es afección sobradamente documentada entre literatos y perturbados varios. El tratamiento más intensivo lo ha patentado por el momento el Dr. Vila-Matas (interesados y/o casos perdidos: segunda puerta al fondo a la derecha). Peor es el asunto cuando la paranoia alude a las palabras de los otros. Mientras Satie le daba a la tecla incesante con las Gymnopédies, recibía correspondencia que por pánico jamás abrió; a su muerte se encontraron centenares de cartas intactas en su desván.
La preocupación por el lenguaje no debería resultar extraña –en todo caso, sólo alarmante– cuando en nuestra casa hay cambios; es natural que en el oxímoron que es la vivencia de la moribundia sobrevenga un desajuste entre el entorno y su traducción lingüística. Elperdedor mencionaba a Hofmannsthal en paralelo con Loriga, pero el caso de Hofmannsthal es notablemente más grave. Al austriaco se le moría Occidente. Casi nada. Hofmannsthal, como denodado Sísifo, levantaba el pedrusco del acervo secular por una montaña lingüísticamente empedrada, y el pedrusco se le volvía a caer ladera abajo, arrollando todo esfuerzo literario habido y por haber. A Hofmannsthal le consume la percepción de la destruida tradición espiritual de Europa; más aún, le consume la percepción del vacío que había dejado ya esa tradición: algo que poco más tarde atormentaba también a Hermann Broch. Del desagüe estancado de Szentkuthy ya se ha hablado aquí.
Siempre me ha parecido que a Europa le encanta mirarse el ombligo putrefacto. Pero todo comenzó en la lengua: a Hofmannsthal se le deshacían “las palabras en la boca como hongos podridos” (Carta de Lord Chandos). En Momentos de Grecia la cosa se pone todavía más fea: “Quería escapar de mí y me perseguía a mí mismo; lo que leía, de renglón en renglón, eran signos y signos como las ruinas que tenía alrededor. [...] Una ironía demoniaca late alrededor de estas ruinas que aún en su descomposición retienen su secreto. Lo que queda es el sabor de la mentira en la lengua”. Está claro que la gangrena avanza, y rápido. ¿Alguna sugerencia?

domingo, 27 de mayo de 2007

EL RÍO DE OCCIDENTE

Hace no demasiados días regalé este libro a un buen amigo, novelista por más señas, y no negaré que me resultó agradable hallarme en posesión de la capacidad de sorprenderle: él no sólo no había leído el libro, sino que desconocía por completo al autor. Que yo recuerde, Javier Marías menciona un Szentkuthy en uno de sus relatos de los años 90 (En el tiempo indeciso), pero ahí se trata de un futbolista del Real Madrid que muere asesinado por su novia en una infrahistoria bastante trivial. Inexplicablemente, mi amigo no recordaba el nombre ni siquiera por Marías, a pesar de ser buen seguidor de la cosa futbolera. En cambio, después de la lectura de Renacimiento Negro, hizo un análisis fino en su bitácora ("Un tipo raro") y propuso algo muy atinado: la comparación de la prosa del autor húngaro con los recovecos estilísticos (o no tan sólo) de Maurits Cornelis Escher. El apunte me pareció de lo más relevante, porque si yo misma tuviera que poner imagen a las palabras de Szentkuthy, pensaría sin dudar en una de esas construcciones que no son sino laberintos del alma, o bien en alguna de esas evoluciones en grises y negros que se mueven en un espacio sin tiempo (¿o es al revés?), deparando caos, asombro, vértigo y, sin embargo, al final de todo el recorrido, una certeza imbatible, una verdad como la tierra: igual que en Escher, todo es posible si se mira con cuidado a uno y otro lado; todo reposa en nuestras manos, en el blanco de los ojos; la línea recta no es más que una ficción, exceptuando el horizonte; los siglos son un burdo invento de los hombres para desmenuzar la realidad, que es una.
La conciencia de Europa en Szentkuthy es, como en todos los escritores húngaros que hasta ahora conocemos, conciencia del adiós. Pero Szentkuthy, a diferencia de los otros, es descomunal. No sólo por medir casi dos metros, no sólo por su inmensa biblioteca, no sólo por su literatura espectacular, barrocamente inacabable, irreverentemente lúcida. Szentkuthy es enorme por ser todas las voces de Occidente. Szentkuthy es un gran río, el río díscolo de Heráclito estancado de repente: Szentkuthy-río-don-de-Europa.
Si quieren saber lo que es -lo que fue- Europa, olviden las cinco atildadas razones del remilgado Steiner. Escuchen una buena versión (Brüggen, Herreweghe) del Adagio de la Gran Partita del amigo Mozart -no sé por qué, siempre he pensado que es la música que más perfectamente despide a un mundo que se acaba- y empápense bien empapados en las páginas de Miklós Szentkuthy. Mójense y agiten un pañuelo blanco: con estilo, por supuesto.
Magnífica edición y traducción la de Siruela, todo hay que decirlo. Sólo le falta un Escher en portada.

jueves, 24 de mayo de 2007

MANGANELLI Y SUS CORDONES

Hace algún tiempo, leyendo a Manganelli, me sorprendió la extraordinaria confesión que el italiano transcribía en su A y B: "Si escarbo en mis primeros años, incluso sin tanta necesidad de escarbar, esto recuerdo de mí: que no sabía atarme los cordones de los zapatos. Ahora bien: no sólo no es imposible, sino del todo razonable, suponer que en aquel entonces nació lo que por pura diversión podría llamar la vocación del escritor [...] ¿No sé atarme los cordones de los zapatos? Bien, escribiré libros". En algún lugar del norte conocí a alguien a quien debí atar los cordones en una ocasión, un escritor memorable y memorioso cuyo nombre, por conocido, omito y que me agradeció sobremanera aquel gesto mío de generosidad ante una carencia que le atormentaba constantemente (algo que, por otra parte, no me honra en absoluto: sé de cierto que Isabel Lyon le ataba los cordones cada día a Mark Twain). Esta dificultad parece, entonces, consustancial a una determinada raza de escritores. Jünger (y esto ya no recuerdo si lo leí aquel mismo día en el mismo lugar o probablemente en otro) tampoco sabía, pero por tozudez aprendió a hacerlo. De ahí la diferencia entre la prosa de Jünger y la de Manganelli. Por ejemplo. El italiano hace lazadas imposibles, ensaya nudos, se le deshacen los cordones de la lengua y así ésta se estira, adquiere giros nuevos, imprevistos, sarcásticos, demoledores. Inquietantes. El bufón que es Manganelli inventa juegos de los labios, hace malabares con el hilo de letra del decir, enreda y desenreda el cordón sinuoso de palabras que le atenaza el cuello. Todo por sobrevivir a la acción letal de los tiranos: aquellos que, naturalmente, llevan siempre bien atados los cordones de sus zapatos. Benditos quienes no conocen el arte de los nudos.

domingo, 13 de mayo de 2007

UNA DE ROMANOS

Por obra de la vagancia y de los viajes, he tomado una cómoda decisión (aún no sé si transitoria): poner este blog en manos ajenas. A la propuesta última de Darío acerca del Cuestionario Proust, él mismo añade otra:

"Darío Fernández dijo...
¿Puedo hacer otra propuesta? Tiene que ver con la literatura y el cine. Seguramente todos hemos hablado/leído mucho sobre las adaptaciones de grandes (o no tan grandes) obras literarias, pero me gustaría saber cuáles son en vuestra opinión las cinco películas que menos desmerecen (o mejoran) los libros en que se basan. Yo propongo las mías:

La Colmena (Mario Camus, 1982)
Hamlet (Laurence Olivier, 1948)
Lo que el viento se llevó (Victor Fleming, 1939)
Marguerite Gautier (George Cukor, 1938)
Una habitación con vistas (James Ivory, 1986)

¿Está alguien de acuerdo? ¿Os animáis también con las cinco peores adaptaciones?
"

Yo estoy recién aterrizada y mis meninges se encuentran aún en otro lugar, pero me permito avanzar algunos títulos, aunque acabe por corregirme -algo por otra parte sumamente posible-:

Entre LAS MEJORES ADAPTACIONES (permitidme mezclar clásicos y no) recuerdo El Gatopardo (Visconti en su salsa para ese libro único y extraño de Lampedusa), Blade Runner (película encantandora, aunque quizá sobrevalorada, a partir de la mediocre ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?, de Philip K. Dick), la maravillosa Solaris de Tarkovski (que toma como referente la igualmente maravillosa obra de Lem), Las Horas (buena película sobre la angustia de la creación, con espléndida música de Glass, a partir de una novela de Cunningham que no he leído porque no me inspira atracción alguna), El Silencio de los Corderos (nunca pensó el mediocre Thomas Harris que pudiera alumbrarse algo así a partir de sus subproductos criminales, de los que me mantengo a prudencial distancia), Las Amistades Peligrosas (magnífica, aunque desvirtúe un tanto la estructura de la obra de Laclos), la deslumbrante Old Boy (que es adaptación de un manga)... y creo que ya me pasé de cinco.


Entre LO PEOR DE LO PEOR, sin duda, La Pianista (y mira que Haneke me gusta, pero logra tornar en ridícula la angustiosa novela de Jelinek), la segunda y vergonzante versión de Lolita (con Jeremy Irons destruyendo irreparablemente su carrera de actor), cualquiera de las adaptaciones de las novelas de Marsé (Si te dicen que caí o Últimas tardes con Teresa, por citar sólo dos, porque se cargan directamente las novelas, las convierten en abyectas), cualquiera de las adaptaciones de Reverte (me parece increíble que las novelas de Reverte puedan ser tan sumamente horrendas como transparentan las películas correspondientes, aunque a lo peor... la verdad es que no he leído ninguna de las obras del caballero), cualquiera de las espeluznantes adaptaciones de Poe (porque no se diga que detesto el cine español -ejem-) o de los personajes clásicos de terror (Frankenstein y cía.); El Nombre de la Rosa funciona como película únicamente si no te acuerdas del libro de Eco; El Amante, sin ser una mala película (tiene una bella fotografía y dos protagonistas hermosos que no dejan de restregarse uno contra otro) no logra transmitir la impecable poesía del librito de Duras; en otros casos las novelas son tan malas como las películas y al revés (pienso, verbigracia, en Isabel Allende). En realidad, aquí la lista sería interminable, porque lo más habitual es quse la película funcione mal cuando no goza de un guión original, escrito ex profeso para la cinta.

Bueno, y desde aquí me invito a C.C. Buxter, para que redondee su respuesta, Javier Pérez y Javier Menéndez Llamazares .

Todo es empezar...

jueves, 3 de mayo de 2007

NUEVO JUEGO: CUESTIONARIO PROUST

Bien, como este blog no sólo está "abierto hasta el amanecer" para mí, sino para todos los amigos que deambulais a deshoras, pues me he encontrado con la siguiente propuesta de Darío Fernández, con quien soy lectora recíprocamente, en respuesta a la invitación anterior (ver mi entrada "De memes inducidos/as") de Javier Menéndez Llamazares:

"Darío Fernández dijo...
Yo es que soy demasiado clásico y convencional, así que propongo otro cuestionario mucho más middle of the road. Con perdón de Don Marcel y por si alguien se anima, aquí va la lista:

1. Los principales rasgos de mi carácter
2. La cualidad que deseo en un hombre
3. La cualidad que deseo en una mujer
4. Lo que más aprecio de mis amigos
5. Mi principal defecto
6. Mi ocupación favorita
7. Mi sueño de felicidad
8. Lo que para mí sería la mayor desgracia
9. Quién me gustaría ser
10. Dónde me gustaría vivir
11. Mi color preferido
12. La flor que más me gusta
13. Mi ave favorita
14. Mis autores preferidos
15. Mis poetas favoritos
16. Mis héroes de ficción
17. Mis heroínas de ficción
18. Mis compositores preferidos
19. Mis artistas favoritos
20. Mis héroes en la vida real
21. Mis heroínas históricas
22. Los nombres que más me gustan
23. Lo que más odio
24. Los personajes históricos que menos me gustan
25. La campaña militar que más me gusta
26. La reforma que más aprecio
27. El don de la naturaleza que me gustaría tener
28. Cómo me gustaría morir
29. El estado actual de mi alma
30. Las faltas que puedo soportar
31. Mi lema
"

Empiezo, pues:
1. Honestidad, transparencia, testarudez.
2. Honestidad, transparencia, flexibilidad (ja).
3. Honestidad, transparencia y...
4. Que realmente lo sean.
5. Tener todo demasiado claro.
6. La literatura, en carpaccio o enlatada.
7. Vivir serenamente y compartirme con la gente que quiero.
8. Defraudar y defraudarme.
9. Yo, pero mejor.
10. En cualquier lugar donde lo bello y lo justo sea importante.
11. Dos: el rojo y el negro.
12. La amapola, por su indelebilidad.
13. Las migratorias.
14. Eurípides, Pizán, Nietzsche, Roth (Joseph), Walser, Tanizaki, Szentkuthy, Coetzee... Arghhh, ¿cómo se puede preguntar esto?
15. Anacreonte, Safo, Horacio, Catulo, Jordi de Sant Jordi, Donne, Baudelaire, Rilke, Pessoa, Quasimodo, Celan, Auden, Quessep, Valente... (no repito el lamento).
16. La inteligencia del soldado Sveijk. La rebeldía del escribiente Bartleby.
17. La ironía inocente de Mafalda. La rebeldía de Antígona. El lema de Tosca (Vissi d'arte, vissi d'amore).
18. Bach. A distancia... Monteverdi, Haendel, Mozart, Beethoven, Brahms, Ligeti...
19. Fidias, Miguel Ángel, Vermeer, Klee, Bacon, Oistrakh, Koolhaas...
20. Suena empalagoso, pero es cierto: mis padres.
21. De las auténticas heroínas de la Historia -que son muchas- la Historia se ha encargado de sepultar sus nombres.
22. Ana, que antes no me gustaba, cada vez me gusta más... pero me gustan sobre todo los nombres de todos aquellos a quienes aprecio.
23. La envidia y la estulticia.
24. Todos los histÉricos aborrecibles que en el mundo han sido (no estamos aquí para el catálogo de las naves del horror).
25. Las Termópilas (a pesar de que no soy partidaria de ninguna expedición militar).
26. Las que nos han hecho más humanos y ahora estamos perdiendo por causa de la indiferencia y del dinero.
27. El oído absoluto.
28. Consciente y sin dolor, ni mío ni ajeno.
29. Curiosa y expectante.
30. Las que no hacen daño a terceros.
31. Más vale tarde que siempre.


Ahora me toca hacer trizas el fin de semana a tres amigos. O sea que ahí van los elegidos: el propio Darío, que se lo ha buscado, el sufrido Javier Menéndez Llamazares y el aplicado Asfoso.
Hagan juego.

martes, 24 de abril de 2007

VICTORIAS MÁS ALLÁ DE LA MUERTE

Hay victorias que llegan más allá de la muerte. Palabras que desafian el tiempo y los caminos. Aquí dejo unos poemas en los que últimamente me afano. Son traducciones de epitafios latinos en verso que aparecerán pronto publicadas. Sit tibi terra leuis.

Fortuna spondet multa multis, praestat nemini.
Viue in dies et horas, nam proprium est nihil.

Fortuna todo a todos les promete
pero a nadie le cumple lo ofrecido.
Exprime cada día, cada hora:
vive, pues nada aquí nos pertenece.

Ephesia Rufria mater et coniux bona
hic adquiescit, quai mala periit febri
quam medici praeter expectatum adduxerant.
Solamen est hoc simulatique criminis
nec uera uox: tam dulcem obisse feminam
puto quod deorum est uisa coetu dignior.

Aquí yace Efesia Rufria, esposa
y madre ejemplar, que enferma de fiebre
por causa de los médicos, murió.
Mas estas solamente son, quizá,
palabras de consuelo para un crimen
inventado: mejor pensar prefiero
que ha muerto tan dulcísima mujer
por ser digna de unirse con los dioses.

Boneis probata, inueisa sum a nulla proba
fui parens domineis senibus, huic autem opsequens.
Ita leibertate illei me, hic me decoraat stola.
A pupula annos ueiginti optinui domum
omnem. Supremus fecit iudicium dies,
mors animam eripuit, non ueitae ornatum apstulit.

Alabada por la gente respetable,
nunca censurada por mujer alguna,
bien obediente con mis antiguos dueños
y en especial complaciente con el último,
por tales cosas me hicieron libre aquéllos
y éste me otorgó la estola de matrona.
Aun siendo niña y durante veinte años
atendí la casa entera. La justicia
hubo de hacerse el día supremo, pues
se me llevó el alma la muerte, pero
borrar no pudo lo digno de mi vida.

Quod edi bibi, mecum habeo, quod reliqui, perdidi.

Cuanto comí y bebí, conmigo llevo.
Perdido está lo que dejé pasar.

jueves, 12 de abril de 2007

MÁS VALE TARDE QUE SIEMPRE


Sobre la reedición de El Regreso de Conrad en la editorial Funambulista. Traducción de Juan Max Lacruz.
En un cuadro de Vilhelm Hammershøi de título irrelevante, una mujer abre una puerta mientras se gira para mirar, en un último vistazo, la vida que está a punto de dejar atrás. A diferencia de las restantes escenas burguesas de interior del artista danés, en que sólo se presenta una habitación cerrada con una puerta o ventana tras la que intuimos que arde el mundo, en este cuadro la casa entera está a la vista, hay varias puertas abiertas y se aprecia un largo pasillo que nos habla del pasado. La mujer del cuadro se vuelve hacia ese pasillo en un gesto final. El camino que abandona late en el pomo de la puerta, y en la palma le quema, también, como una ortiga, la ruta que ha decidido retomar. La maravilla del cuadro de Hammershøi –haría mejor papel en la cubierta de esta edición de Conrad que la ilustración elegida– radica en que es una escena de ida y vuelta, que traduce a la perfección la partida de la adúltera y asimismo su regreso. El mismo lugar, la misma duda, idéntica resolución, la misma mujer que tiembla –o quizá no– y, con seguridad, la misma ropa: el vestido largo de la huida, que es más largo y más negro cuando vuelves. Cuando la mujer se fue, su pensamiento era muy claro: más vale tarde que siempre. Por eso abandonó a su esposo, dejando atrás un siempre que era más denso que la muerte. Ahora que regresa, sigue pensando lo mismo: más vale conocerse tarde que mentirse siempre. Por eso vuelve, la mujer: ella sabe que él la odia, que no podría perdonar cuanto le ha hecho, y sabe también cuánto le odia ella a él desde el comienzo de los tiempos. Por eso vuelve: porque sólo instalados en el odio es posible seguir adelante. El odio: esa argamasa de los días en común. Cuando sólo fumar te da placer, las puertas se cierran, el pasillo queda atrás y la escena burguesa de interior recobra su sentido. Qué bien lo pintó Hammershøi. Y qué bien lo cuenta Conrad.

domingo, 8 de abril de 2007

UN MEME

Debo agradecer a un amigo bloguero, Javier Menéndez Llamazares, que me haya impulsado a abrir este nuevo blog. Hasta ahora tenía otros para cosas supuestamente serias, pero lo enjundioso del día a día no aparecía por ningún sitio. Así que este "Hablemos de Victorias" se lo dedico a él.
Javier me ha invitado a un juego a triple banda. La cosa va de preguntas, cinco en concreto, que debemos responder, bien justificadas, tres blogueros:

Un libro que no pudiste terminar de leer
Una película que te aburrió
Una canción (o grupo) que detestas
Un anuncio que te convenció para no comprar el producto
Un personaje público al que muchos admiran y que tú no consigues entender por qué

La idea es que los tres incluyamos el juego en nuestra bitácora, para seguir las evoluciones del gusano, y que podamos comparar nuestras fobias abiertamente, al tiempo que invitemos a otros tres a sumarse al balbuceo. Aquí incluyo el enlace al post de Javier. Y aquí van mis respuestas. Al que le apetezca participar, que no se prive. De todos modos, invito personalmente a mis amigos Regino Mateo, Asfoso y Javier Pérez .


Un libro que no pudiste terminar de leer
"El arco iris de gravedad", de Pynchon. Como es autor ensalzado por doquier, y no había leído nada suyo, pensé que lo mejor era meterme dosis doble. "El arco..." era el libro más gordo del autor, y con él cargué vía Internet (Casa del Libro). En cuanto lo vi me horrorizó, y hojearlo me convenció de que no estábamos hechos el uno para el otro. Lo devolví a los pocos días, consciente de mi error, pero tardaron en reintegrarme el dinero casi dos meses... y el tocho no era precisamente baratito.

Una película que te aburrió
"Hoy empieza todo", de Tavernier. Logré convencer a un no cinéfilo de que fuera a verla conmigo; aún recuerdo sus bostezos (prefiero no pensar en sus íntimas maldiciones). Aunque Tavernier no está entre mis favoritos del cine francés, he visto cosas suyas bastante más interesantes. Pero este "Hoy empieza todo" llegó a parecerse a "Esto no termina nunca". Una de las dos únicas veces que me he salido del cine; la otra fue con ese bluff llamado "Amelie".

Una canción (o grupo) que detestas
Hay un solista que detesto realmente: Melendi. No sé muy bien qué me resulta más deleznable, si su nombre, su aspecto o su ¿música? En cuanto a grupos, "Estopa" es de lo más infecto que ha producido España en las últimas diez o doce décadas. Y esas horribles letras llenas de palancas de cambio, cadenas de montaje y coches cutres...

Un anuncio que te convenció para no comprar el producto
El de Ronaldinho y el desodorante. ¿Alguien lo entiende?

Un personaje público al que muchos admiran y que tú no consigues entender por qué
Iker Jiménez (es broooma). No sé... para mí nadie es admirable salvo Bach, Cervantes y algún otro como estos, o sea que nunca entenderé por qué se admira a nadie que esté vivo, y menos aún que esté vivo en el siglo XXI. De buen grado hubiera dicho Al Gore, pero se me han adelantado.

Un abrazo para todos.

VICTORIA SEGUNDA


David Elvira me ha regalado una de sus hermosas fotografías para mi "Poética".

Nunca hasta esta imagen pensé que un enigma pudiera retratarse.


POÉTICA

“El enigma resuena desde las mandíbulas feroces de la virgen.”
PÍNDARO

Me revisto con la suprema autoridad
que da la ceremonia macerada por los siglos;
me cubro de una clámide impecable,
me sé perfecta incluso exánime
en el suelo
o cuando abierta,
receptiva,
en mi cátedra sagrada
me invade la total sabiduría de la tierra.
Nadie cuestiona mi palabra,
este verso mío tan confuso,
este veneno sublime que os ofrezco
en todo rito antes del campo de batalla.
Por eso me lees hoy, años más tarde,
y me lees pura, virgen y absoluta
igual que cada línea en que te miento,
enigma inmaculado cada libro.