Lamento no haber encontrado este libro en mi camino hace unos meses. Sus palabras, ahora, no son más que un reflejo inasible, el balanceo de una góndola entregada a la deriva bajo el Puente cruel de los Suspiros. Me hubiera gustado ver ese capitel descrito por Scarpa, en la columna séptima del Palazzo Ducale, frente a la Biblioteca Marciana, su historia de amor y muerte: la pareja que se encuentra, se ama, procrea y acaba inesperadamente por enterrar su fruto. El hijo habido de ese amor se extingue con la intensidad de una metáfora. Los padres lloran. Me atrevo a pensar que no sabemos si lloran por él o por ellos. La mors inmatura del pequeño es un testamento apócrifo, la paletada de tierra sobre el féretro de una pasión inútil. La carnalidad es tantas veces un animal bifronte, un baile desolado, una danza de la muerte en una ciudad hermosa, bajo una noche sin luna.
Capiteles… y máscaras. Habla Scarpa de la moréta, una máscara estrictamente femenina consistente en un óvalo de terciopelo negro con orificios sólo para los ojos. Se sujetaba sin cintas, había que morder una especie de pomo, un botón proyectado hacia dentro, a la altura de la boca. De esta manera, las mujeres que se la ponían se veían obligadas a callar. No me ofendo. Es más: sonrío. De nuevo, como con su ciudad-pez, Scarpa es capaz de suscitarme un sentimiento paralelo. Memento. Siempre he pensado que escribir poesía se parecía bastante a eso: atisbar entre rendijas con los dientes apretados. La moréta. Un poema.