domingo, 14 de octubre de 2007

CARNE Y PIEDRA

Cubrirse el rostro ante la adversidad. Un movimiento reflejo que no detiene el curso de los hechos. Los hombres piensan, con frecuencia, que no tiene lugar aquello que no ven. Bien al contrario, ante la ausencia de guardianes, los hechos se apresuran, se consuman.
La música del fuego supera su presencia. Su sonido calcina la casa, mi familia, la tierra que fue mía. Su murmullo de tijeras abriéndose y cerrándose lo sesga todo: las sábanas en las que duermo y pienso, la ropa blanca que es la carne de mi esposa, el papel en que mis hijos sueñan con lápices azules. La breve música del fuego. La llama, la candela. El fuego, dicen, purifica. En realidad, mancilla; lo mancha todo de cenizas: la sucia huella que adquiere la memoria, clamor de mariposas que entre los dedos se deslíen.
En Pompeya, en Herculano, no quiso el fuego hablar sólo ceniza. La lengua del Vesubio quiso muerte y permanencia. Una manera, también, de escribir. En las casas, en los hornos, los panes están frescos todavía, los objetos se presentan como muecas indiscretas de sus dueños. El volcán trajo la muerte, y con la muerte trajo la vida; un dulce modo de estar sin ser: algo común a muchos humanos que respiran. Extraña trascendencia. Aquellos hombres y mujeres sorprendidos en sus sillas, en sus lechos, poseen la trascendencia de sí mismos, de su carne petrificada y perenne. Su muerte es su fe y su fe es la carne y su carne es la piedra que desafía al tiempo. Carne y piedra, decía Sennet, son las materias con que se modela el cuerpo de la cultura occidental. El más allá se reviste de esa sustancia inasequible, rebelde a los dictados naturales del ocaso; vivir entonces es aguardar en el dintel, a las puertas de una putrefacción que nunca llegará. El mismo fuego surgido de las entrañas de la tierra es el salvoconducto que rescató a sus víctimas de su ineluctable viaje a los dominios infernales.
Se cubre el rostro el hombre de Pompeya. Sentado y sin mirada, como Homero el aedo o el adivino Tiresias, elude el fulgor leve del instante mientras acoge entre sus manos algo que podría llamarse eternidad.

20 comentarios:

Javier Menéndez Llamazares dijo...

Demasiado cuesta ya la fe en lo visible, como para además creer en lo invisible.
Aún así, ojalá sirviera de algo el ardiz del avestruz, ojalá con los ojos vendados las balas del pelotón fueran de fogueo.
Hermosa tarea la del Vesubio: la lava ardiente que congela un mundo, y destruyéndolo, lo eterniza.
XXX.

u minúscula dijo...

cuántas veces ese gesto, en esa forma de mi cuerpo


ana, beso.

leo dijo...

A veces entran ganas de taparse los ojos, sin más, y no atender a razones durante un rato (o infinito, que viene a ser lo mismo). Qué gesto más humano.

En otro orden de cosas, de pequeña leí un comic de la historia de Pompeya y me impresionó de tal manera que tenía hasta pesadillas. Hasta que mi padre me explicó que los volcanes no salen de la nada y que no hay ninguno peligroso cerca de Madrid. Santa Infancia. Cuántas cosas peores no veremos a diario...

Un besote.

Francisco Sianes dijo...

Ana,

No me conmueve la aparente eternidad de la piedra, que el tiempo convierte en ceniza al fin.

Me lo dijo Rimbaud: "La eternidad. Es la luz mezclada con el mar"

Ésa es una eternidad que siento y en la que puedo creer.

Un abrazo.

Sir John More dijo...

No soy nada freudiano, pero con el tiempo y las circunstancias sí me hice más maternal, y cuando uno siente miedo, cuando uno siente en la piel ese temblor imperceptible que llamamos terror, uno trata de volver al sitio más seguro, ese lugar donde no importa el fuego ni el terremoto, donde cerramos los ojos seguros de que no nos alcanzarán los peligros, porque los brazos de nuestra madre (tal vez también los de nuestro padre) se encargarán de protegernos.

Especialmente hermoso este texto, sí señora... Besos.

ANA DE LA ROBLA dijo...

Javier: Tantas veces tememos lo que nos salva... Tantas veces acabar es empezar. XXX y X.

***
u minúscula: Ya no más. Aquí estamos, de algún modo, para eso. Abrazo fuerte.

***
Leo: Nos asimos a lo que nos define. Nunca dejar de ser... Y el miedo, en la infancia; ese miedo: un privilegio al que no podemos volver. Beso, cielo.

***
Francisco: La luz y el mar son una ventana, un horizonte, una "Gran Partita" y a veces un adiós ("Cuánto adiós delante de tu rostro"). La piedra nos recuerda únicamente, a su imagen y semejanza, nuestra fragilidad. Un abrazo de luz.

***
Sir John: En tiempos difíciles, cierto es que ese es el refugio más seguro. Lo malo de la adversidad es que suele sorprenderte a solas y sin papel de cartas. Tal vez cubrirse el rostro sea un modo de acudir a esos brazos redentores. Un beso.

MAX Y LULA dijo...

El hombre de Pompeya recuerda al avestruz ¿verdad? Es un reflejo instintivo, supongo que codificado genéticamente, al igual que nuestras reacciones ante un susto o ante una situación de peligro. Como el miedo, tendrá alguna ventaja evolutiva... Por otra parte, y hablando de la ceniza, recuerda que la ceniza es el material con el que antiguamente se blanqueaba la ropa ¿irónico verdad? Hoy sabemos de qué se hacen los jabones, quizá al final, el fuego sí que purifica... ¡Un abrazo!

elperdedor dijo...

Mi querida Ana:

La piedra, carne sin vida que late en el corazón de la memoria, duro pedernal que inmortaliza por igual terrores y postergaciones. Hay que entrar en esa carne con las manos ciegas, como un escultor de almas. Tallar poco a poco en la piedra la redondez del gesto perdido. Buscar la forma. Reconstruir: crear.

Un beso que te reconstruya.

ANA DE LA ROBLA dijo...

Max y Lula: Cubrir el rostro y dejar el cuerpo a la intemperie es un acto decididamente extraño; extraño en un ser humano que es por naturaleza curioso, inquisitivo. Sólo ante la adversidad la curiosidad desaparece. Perversiones de la ética...

***
Mi querido elperdedor: Hay que mostrar más valor para atreverse a reconstruir la piedra que para convertirse en ella. Tallar un espejo a nuestra imagen y semejanza encierra sus peligros. Tallar, sí, es un ejercicio de esclavos: buscando respuestas encontramos lo que quisimos perder... Crear a partir de esa talla es un ejercicio de dioses cautivos. Un beso en sala de espera.

Antonio dijo...

Me emociona tu escrito.
Ahora muchas desgracias llegan por teléfono. ¿Cómo llevarse las manos a la cara?

ANA DE LA ROBLA dijo...

Querido Antonio: Siempre podrás cerrar los ojos... Beso agradecido.

u minúscula dijo...

Hola, Ana, hermosa. Sabes qué, voy mejorando. Lo digo en relación a tu post de respuesta a mi comentario sobre mi gesto corporal, mis manos..


Observo que, cuando suceden cosas, y siempre sucederán, yo controlo mejor que antes, no lloro como antes, sobre todo no sufro como antes. Domino, Ana! De veras lo siento así.. Y esto es un gran logro para mí.


Muchos besitos. Abrazo también.

ANA DE LA ROBLA dijo...

u minúscula: Bien por ti. Si en algo te he ayudado, espléndido. Firme y en pie, hermosa. Un beso.

C.C.Buxter dijo...

Cuando ví los restos calcificados de Pompeya por primera vez sentí una sensación extraña, mitad escalofrío mitad fascinación. Son como fotografías de la muerte... Además, una de las cosas que me sorprendió es que, en esa época, no había una palabra con la que referirse al volcán: era algo desconocido.

Más frivolamente, tu entrada me ha recordado una frase memorable del gran pensador de la modernidad, es decir, de Homer Simpson: "si no miro no está pasando".

ANA DE LA ROBLA dijo...

Lo del desconocimiento de los volcanes que se lo cuenten a Plinio...
Y lo de Homer Simpson... en fin, no hay derecho a que se me haya adelantado ;))
Un abrazo.

C.C.Buxter dijo...

Bueno, no me refería a Plinio sino al común de los mortales. Según recuerdo, quienes vivían en Pompeya no sabían que había un volcán, y de hecho, durante los primeros momentos, tras la erupción, siguieron como si tal cosa, porque no sabían lo que iba a pasar. El que sí lo sabía era Plinio el viejo, que vio la erupción desde su casa en la costa y se acercó a la isla, donde falleció; y fue su ¿hijo? Plinio el joven quien legó a la historia el recuerdo de lo sucedido.

¿No fue así? No soy un experto en el mundo clásico, pero recuerdo haber visto un DVD sobre Pompeya: ahhh, me vas a hacer que lo busque y me trague el documental otra vez!!!

ANA DE LA ROBLA dijo...

Tal como lo cuentas sucedió, querido C.C. Buxter (¡¡no hace falta que vuelvas a tragarte el DVD!!). Precisamente a eso me refería. Aunque Plinio el Viejo, en efecto, sabía quién era el protagonista de la película, no sabía hasta qué punto se las gastaba el volcán, y de hecho su muerte fue bastante absurda, ya que se acercó demasiado al foco de la erupción y murió asfixiado. Plinio el Joven nos legó el relato de lo ocurrido. Si esto le ocurrió a Plinio, un auténtico estudioso obseso por los fenómenos de la naturaleza (su Naturalis Historia es una verdadera delicia), imagínate lo poco que sabrían los ciudadanos de a pie. Gracias a su ignorancia conservamos hoy ese aterrador museo petrificado que son Pompeya y Herculano. Toda moneda tiene dos caras...
Un fuerte abrazo.

zeta dijo...

Me encantó,tanto que merece una releída...Pero increiblemente he pasados dos horas en tus espacios,y la preocupación por dejar a un lado mis actividades empieza a calar con más insistencia...Espero poder estar aquí,por lo menos mañana,para seguir sorprendiendome: usted es mi mejor descubrimiento del mes.Un abrazo,suerte.

ANA DE LA ROBLA dijo...

Querido amigo: Es un placer lograr distraerle de sus ocupaciones con mis humildes victorias.
Espero sus visitas siempre que le apetezca. Un fuerte y agradecido abrazo.

zeta dijo...

Distraerme...Mejor le cae el termino secuestrarme...Un placer...No tan fuerte el abrazo,me vaya a lastimar la desacostumbrada espalda...